Viajar para correr: Estocolmo la bella

Por José Manuel Torralba
Estocolmo tiene multitud de senderos en zonas verdes donde se puede correr

No sé si este es el apelativo de esta ciudad, pero es una ciudad realmente hermosa. Dicen que es la Venecia del norte, pero en mi opinión son dos ciudades que no se pueden comparar, y en muchos aspectos Estocolmo es aún más bonita que Venecia. Especialmente si se tiene la suerte de pillar días de sol y de luz, y eso ocurre sobre todo en primavera-verano cuando los días ocupan casi 24 horas. Mucha luz y sol, es la mejor combinación para disfrutar de esta ciudad.

Estocolmo está imbricado por agua por todos lados. No son canales como en Venecia, son brazos de mar o de lago que hacen que a poco que se ande en una dirección u otra nos encontremos con abundante agua. El agua generosa, limpia, le da alegría a la ciudad. Estocolmo además tiene una arquitectura noble y majestuosa, al estilo de otras capitales europeas y numerosos edificios señalados (como el palacio real, el ayuntamiento, teatros, museos).

La ciudad vieja, donde se adivina un pasado medieval; el ayuntamiento, donde se celebra la cena y el baile de los premios Nobel; el señero museo Vasa, donde se conserva el mayor galerón de guerra del SXVII ( y que se hundió sin salir de la ciudad hace más de trescientos años, sin llegar a navegar). Y pasear por sus bonitas calles. Y en mi caso, correr por alguno de sus senderos.

Estocolmo es una ciudad bañada por el agua en casi toda su extensión

Corredores por todos lados

Estocolmo tiene muchísimos senderos para poder “correr sin repetir”, no solo por la ciudad en su vertiente urbana, donde al haber carriles bici se hace sencillo devorar kilómetros. En todas sus islas y sus riberas hay senderos para correr o pedalear. Senderos, a veces, de tierra y verde. Incluso, en sus enormes zonas verdes, en medio de la naturaleza. Un auténtico lujo. Y en un país con cultura de correr, donde te cruzas por todos lados con otros corredores (y sobre todo corredoras, en número muy superior a lo que se ve en España).

En una de mis salidas, con una temperatura ideal, disfruté de la espectacular calle Strand, típica calle señorial frente al mar, me adentré por el puente de Djurgards en la isla donde están casi todos los museos (el Vasa, el del Licor, el de Abba) y bordeando por un sendero precioso la costa norte, volví por otro puente hacia la parte principal de la ciudad por el parque Ladugarsds. Espectacular. Al final del parque conseguí llegar a la calle Valhalla, autentica medular de la ciudad con un enorme bulevar por el que correr.

Y después de un poco menos de dos kilómetros el gran premio del día. Uno se encuentra, a la derecha, con el estadio Olímpico. Construido para los Juegos Olímpicos de 1912, los juegos de la V Olimpiada, se conserva exactamente igual que hace más de 100 años. Nadie tuvo la tentación de derribarlo para hacer uno más moderno, como solemos hacer en otros sitios. Desde fuera se ve muy pequeño, pero lo es, con su obra de ladrillo visto y sus gradas originales de madera. Pese a ello impresiona. Todo como si fuera nuevo.

Mientras corremos por Estocolmo, también podemos admirar muchos de sus edificios emblemáticos

Historia del atletismo

Me disponía a degustar la visión de este estadio histórico, donde acaban todas las maratones que se organizan en la ciudad, rodeándolo, cuando vi, en un lateral, una puerta abierta. ¿Por qué no? Por allí me metí, y sin darme cuenta me encontré en el tartán perfectamente cuidado que rodea al tapiz del césped central.

Unos aspersores regaban el césped, y un grupo de jóvenes atletas de élite entrenaban técnica de carrera en la recta principal. Me miraron con cara extraña, pero sin mediar saludo, me dispuse a correr por esa histórica pista de atletismo. Al principio, por si acaso, por la calle 8. Al ver libre la calle 1, continué por ahí mi carrera. Me sentí viviendo un momento muy especial.

Me imaginé esas gradas de madera, con veinte filas, llenas con señores y señoras de época, en aquella olimpiada, con los reyes de Suecia en la tribuna principal, que aún conserva los anaqueles. Mágico. Después de tres vueltas por la calle 1, no quise molestar a nadie, y me fui por donde había venido. Ese kilómetro por esa pista quedará para siempre en mi memoria. Al día siguiente, temprano, volví a salir para despedirme de las calles de Estocolmo. Y volví al estadio olímpico. La puerta seguía abierta y esta vez, completé mis tres vueltas, totalmente solo, con todo el estadio para mí, por la calle 1. Otra vez un kilómetro en el túnel del tiempo.



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