LA MADRE ISLANDESA DE TODAS LAS CARRERAS

Por pardao para carreraspopulares.com - 24/07/2008

Cuando uno empieza a correr maratones, y a viajar por ahí con la historia de las carreras, alguien de su entorno, sea familiar o amigo, inevitablemente le pregunta por cuando va a ir a la maratón de Nueva York. En mi caso, desde que entré en el rollo de las carreras de montaña, tengo claro que, o mucho cambian las cosas, o difícilmente iré a la maratón de Nueva York.

Y es que, desde que hace ya varios años leí a un corredor, conocedor de esos mundos de Dios de infieles, diciendo que la Ultra de Laugavegur, entre Landmannalaugar y Thórsmörk, (centro – sur del interior de Islandia), era una de las mejores carreras en las que había estado, con unos paisajes increíbles, esa es la carrera que he querido correr, y este año ha sido posible.

Esta es una carrera en clara evolución, alcanzando este año los 250 participantes (y un 40 % de extranjeros), a lo largo de una de las más populares rutas senderistas de Islandia, con 55 kilómetros en los que los senderistas echan 3 o 4 días (y los paisajes son para echarlos, ojo), por un recorrido de arena, piedra, grava, hierba, nieve, hielo, ríos y torrentes. Ahí es ná.

Antes que nada, señalar que Islandia es un país con una naturaleza desatada, increíble, con zonas volcánicas, geiseres, fumarolas, cataratas... con la población concentrada en algunas zonas costeras, y un interior prácticamente despoblado. Antes resultaba privativo ir a Islandia, pero ahora es mucho más barato por la fuerte devaluación de la corona islandesa frente al euro.

Bueno, a lo que voy, la carrera la organiza una empresa que se llama Reykjavik Marathon, y sale de Landmannalaugar a las 9 de la mañana. Esto significa que, o has dormido allí, y allí sólo hay un edificio y muchas tiendas de campaña, o te montas en el autobús en Reykjavik a las 4:30 de la mañana (y ya se veía) y te metes pal cuerpito 3 horas y media de autobús de 40 plazas, con doble tracción y ruedas de tacos, mitad por carretera y mitad por pistas, que fue lo que hice.

Ya con el cuerpo suficientemente baqueteado por el viaje, me preparé para salir en el último grupo, el de los que pensaban echar unas 8 horas, y empecé a hacer algunas fotos, tarea que a ser una de mis ocupaciones. En la salida teníamos unos 11º, un día fresco para los estándares islandeses, frío para los nuestros, y el cielo estaba nublado, pero no amenazaba lluvia... todavía.

Landmannalaugar está en un llano entre montañas en el que abundan las zonas termales, y en islandés significa algo así zona de baños; en cuanto a las montañas que hay alrededor, son de un colorido impresionante, verdes, naranjas, negras, amarillas, con campos de lava... como además, no falta la nieve, aquello es una pasada.




Desde allí salimos andando en las cuestas arriba y corriendo en los llanos y cuestas abajo en las que se podía correr, que no eran muchas. En la primera parte de la carrera, hasta Hrafntinnusker (tampoco yo sé pronunciarlo), tiene unos 12 km, y dicen que se suben unos 500 metros. Mentira podrida, se suben más, porque aquello es un sube y baja con unas pendientes brutales, al principio por un campo de lava, lo que llaman el Laugahraun, y desde allí se sube a las cercanías del Brennisteinsalda, una montaña amarillenta en una zona ya plenamente volcánica, con fumarolas (orificios por donde sale vapor de agua y agua hirviendo) por todas partes, y un olor a huevos podridos por el azufre de los volcanes, todo esto rodeados por montañas rojas, amarillas, negras, naranjas... una pasada, iba tirando fotos como loco, parándome a mirar de vez en cuando, que aquello es una preciosidad.

En la zona del Brennisteinsalda empezamos a atravesar un montón de tramos nevados, ya con un frío bastante curioso, y en uno de estos, allá en todo lo alto, vimos el único animal de toda la carrera (exceptuando algún marrano que tiró algún papel al suelo), un cuervo que estaba buscando un forro polar... el suyo.

Desde Hrafntinnusker la carrera pasa por una zona con ondulaciones (ondulaciones significa que los desniveles no son de más de 100 metros, me enteré el otro día), y se sube hasta la montaña más alta de la zona, el Háskerdingur, donde hay una zona geotermal.

Pasado Hrafntinnusker, yendo hacia Álftavatn por una vereda en la falda de una montaña, pelada, negra, toda piedra, con una pendiente enorme, al guardar la cámara en la funda, pisé donde no debía y me escurrí ladera abajo dos o tres metros. Menos mal que un inglés que iba cerca me vio y me dijo que me dejase caer un poco más para poder salir. Lo mejor es que mientras el inglés estaba casi tan asustado como yo, tratando de sacarme de allí, el siguiente corredor sacó la cámara y se puso a hacer fotos, no sé si de la operación rescate, o por si continuaba ladera abajo, qué salao...

Finalmente salí bien, pero las mallas empezaron a destrozarse y me llevé un susto enorme, de modo que entre el susto y la lluvia que empezó a caer, dejé de hacer fotos, para no cargarme la cámara si es que no me despeñaba otra vez.

En fin, que si había pasado muy bien por el primer refugio, en el segundo tramo, hasta Álftavatn, tuve más cuidado y tardé más de la cuenta; empezamos a bajar, pero las bajadas eran muy pindias y con la lluvia aquello podía acabar en culazo, de modo que no se podía correr gran cosa.

A medida que íbamos bajando, los paisajes cambiaban, y de vez en cuando había un pediluvio para lavar las zapatillas en forma de arroyo, río o torrente, todos gélidos; el primer torrente tenía una escalera cruzada para poder pasar sobre él, pero los demás los cruzamos a capón, en todas las modalidades posibles: de piedra en piedra (el primer río, Grashagakvís, a ver si sois capaces de pronunciarlo), con tablas, sin nada y hasta 2 palmos de agua, con una soga cruzada, con soga y un voluntario agarrándonos, con voluntario y patucos, con puente tipo pasarela, puente del tipo río Kwai... de todo menos un puente como los de aquí.




Después de bajar un buen rato, llegamos hasta el lago Álftavatn y el refugio, en un tiempo razonable para poder pasar el control de Emstrur, 16 km más adelante, antes del cierre de control, que estaba en 6 horas. El problema es que, aunque el camino está perfectamente marcado y dicen que el perfil es plano, no puede uno fiarse de las distancias, ni de la denominación “plano”. El descenso neto en ese tramo era de 50 metros, pero había muchas cuestas y sólo 3 kilómetros planos en toda la carrera.

En este tramo se cruzó el río Bláfjallakvísl (¡¡venga ahí valientes, a pronunciarlo!!), que cruzamos con unos patucos impermeables similares a los utilizados para pescar, y unos voluntarios ayudándonos, y pudimos recoger una muda seca de ropa, pero opté por dejarla; ya iba empapado y no iba a hacer más que empapar más ropa, mejor tenerla seca para la meta. En fin, que salí pitando del avituallamiento junto al río de cuyo nombre no puedo acordarme aunque quisiera, y entramos en el único camino (y único llano) de la carrera, aunque no es un camino por el que pasen muchos vehículos; más bien no pasa casi ninguno.

Eso sí, allí adelanté a algunos grupos de senderistas que, bajo la lluvia, cargados con las mochilas y tapados con unas fundas enormes de plástico, daban una imagen de mulos de carga bastante curiosa.

Este es un camino de arena por el que se puede correr, y eso fue lo que hice, máxime porque temía no entrar en 6 horas en el control de Emstrur, sobre todo sin saber realmente la distancia que quedaba, hasta que la única corredora islandesa que encontré pudo darme una referencia más o menos cierta de lo que quedaba, y entré en el control en 5h40’, con la certeza de que un montón de corredores iban a entrar fuera de control.

Viendo que estaba en tiempo, en el control paré a hacer algunas fotos y comer trozos de Bounty, Prince Polo y fruta, y vi que la carrera estaba prácticamente hecha. Desde Emstrur hay algunos tramos llanos, pero también subidas y bajadas con fuertes pendientes. Una de estas era el punto más peligroso de toda la carrera, en el cruce sobre el río Fremri-Emstruá; el descenso hasta el río era agarrado a una soga, y supongo que los primeros lo harían a lo bárbaro, como cabras, pero a mí nadie me había llamado a dejarme la vida allí, así que con-mu-cho-cui-da-di-to fui bajando agarrado a la soga y crucé el río –que era un torrente que iba a reventar- por la pasarela y subí por el otro lado, agarrado como una lapa a una cadena que estaba anclada a la pared.

Desde allí el paisaje era muy ondulado, y muy diverso, con zonas de montañas verdosas de pasto, zonas de pasto rojizo... muy bonito. Desde la (pen)última montaña, Kápan, se veía el valle de Thórsmörk, una pasada, muy bonito, y al bajar cruzamos el último río, el Thröngá, que había que cruzar con mucho cuidado porque en algunos puntos podía llegar hasta un metro de agua.

Allí había una soga cruzada y unos voluntarios ayudando a cruzar, con un frío atroz, allí el agua estaba tan fría que verdaderamente dolía; al cruzar los voluntarios dijeron que quedaban unos 3 km, en los que el paisaje cambió totalmente, pasando a ser un bosque bajo, y así, por un paisaje otra vez ondulado (según el concepto de ondulado que dije antes), llegamos a la meta de Húsadalur, en Thórsmörk, después de algo más de 8 horas de magnífica carrera por unos paisajes impresionantes.

Después de esto, barbacoa con refrescos (la cerveza de medio litro estaba a 5.65 € en el bar del camping; buena clavada, incluso para Islandia), ducha, recogida de la medalla de cristal, muy bonita, y vuelta para Reykjavik, donde llegamos cerca de la una de la madrugada (y se veía, a pesar de lo nublado que estaba).

En fin, que a pesar de que Islandia no está ahí al lado, y de los precios de la inscripción y el viaje, creo que para cualquier corredor de montaña merece la pena ir a esta carrera.





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