Peter en la Maratón Polar(II)

Por Peter para carreraspopulares.com - 03/11/2002

Llego al lugar donde se sitúa el cambio de sentido, que, además, es el punto más alto de la carrera. Ahora toca bajar por el mismo camino, con el viento a favor. Me doy cuenta de que voy de los últimos, pero me sigo recreando con el espectáculo y me detengo a sacar algunas fotografías. En cuanto salgo de la capa de hielo me empieza a sobrar gran parte de la ropa. Ha salido el sol y la temperatura ha subido, pero tendré que aguantar con el anorak siete kilómetros más. Al menos, ahora las subidas anteriores se convierten en bajadas.


La organización ha cometido un error. Ha habido casi ocho kilómetros sin puesto de avituallamiento, y es que en la primera parte sólo se ha instalado uno, hacia el kilómetro cuatro. Después se vuelve a atravesar en el regreso, cuando ya estamos en el doce. Tantas recomendaciones realizadas en la cena de la pasta (un increíble buffet de pasta como no he visto en la vida) para que bebiéramos mucha agua parecen caer en saco roto, porque no hay facilidades para hacerlo. Me detengo a beber un par de vasos y, sin prisas, charlar con el joven encargado. No tengo ningún problema con la pérdida de tiempo. En el kilómetro trece llevo ya una hora cuarenta minutos, pero estoy muy fresco, aunque deseando de soltar lastre. Por fin lo puedo hacer al volver a pasar por la salida. Me quito el anorak, la gorra y los guantes, y los deposito en una bolsa de plástico que me será devuelta en la meta.


Pienso que ha llegado la hora de la seriedad y de correr un poco más, dejando de comportarme como un antimaratoniano. He superado la parte más difícil, me he desprendido de la ropa de abrigo y el carrete de fotos está casi terminado. Ni siquiera veo a los que tengo por delante. Dejo atrás los últimos glaciares. El paisaje va a cambiar completamente. El avituallamiento del kilómetro veinte es muy rústico: no hay ninguna persona, sólo vasos y un gran bidón de agua. Llego a la media maratón con un tiempo de lo más mediocre: 2 horas 33 minutos. Dos kilómetros después una cuesta larga y pronunciada conduce al lago más grande y hermoso del recorrido, encajonado entre colinas desérticas o tapizadas con el inevitable musgo rojizo.


A partir del kilómetro 25, parapetado entre altozanos también alfombrados por la tundra, surge un valle verdaderamente yermo. Es un auténtico desierto ártico, donde la arena es el sorprendente elemento dominante. “Pero, ¿dónde se han quedado los glaciares? ¿Estoy en Groenlandia o en el Sahara?”, pienso maravillado por tantos contrastes. Mientras atravieso este desierto, que incluso muestra grandes dunas de arena, adelanto a cuatro o cinco corredores. Y ello, a pesar de que en todos los puntos de avituallamiento, ahora situados cada cinco kilómetros, me paro un buen rato, bebo despacio y descanso sin preocuparme del reloj. En uno de ellos hasta he comido una galleta. La verdad es que estoy muy fresco, más que en cualquier maratón de los que he corrido. No es extraño, voy a terminar con un crono lamentable.


El entorno sigue cambiando para disfrute del corredor. Hacia el kilómetro 33 se asciende a las faldas de una colina llamada Sugar Loaf, que da nombre al valle subsiguiente, un valle alfombrado con tundra de color rojo y con cabida para los omnipresentes lagos, más azules que nunca al adquirir el color de un cielo muy despejado. En el kilómetro 36, que yo creía el 37, me llega el primer signo de cansancio. Al fin me doy cuenta de que estoy corriendo un maratón. Sin embargo, aprieto los dientes y me animo porque tengo delante a un montón de corredores que puedo sobrepasar. Así, en las dos últimas cuestas, antes de bajar hacia Kangerlussuaq, adelanto a nueve o diez participantes. No pueden correr; sólo caminan. Van mucho peor que yo. Como se suele decir en el argot, en los tres kilómetros finales voy recogiendo cadáveres. Así, consigo terminar en un puesto aceptable: el 30º entre 51 clasificados, con una marca de 4 horas 57 minutos. Desde luego, es el maratón en el que menos me he cansado, el que más entero he terminado. Sólo los 6 últimos kilómetros me han pesado un poco, pero nada parecido a ese muro traidor que castiga al corredor. Al igual que en todo el recorrido, en la meta no hay un solo espectador; únicamente los atletas, sus familiares y los organizadores. Un termómetro señala 2º.


En la llegada me entregan la medalla y una bolsa con pan, chocolate y líquidos. Aparte de eso hay una mesa con pastelitos. Volví a la meta inmediatamente después de ducharme en el hotel y comer una manzana que tenía guardada. Es la hora de relacionarse con algunos corredores que también han tenido la idea de regresar al “lugar del crimen”. Una chica neozelandesa que no ha participado está aguardando a que llegue una amiga. Tiene para rato. Su compatriota ha ocupado la última posición desde que empezó la carrera. Resignadamente comentaba que para su compañera aquel era su primer maratón. Cuando le digo que demostraba un gran coraje al haber elegido un maratón tan duro para debutar, responde que a ella más que valentía le parecía estupidez. Luego comenta que ella no ha corrido porque tiene previsto correr otro maratón dentro de tres semanas. Sí corrió el año pasado el maratón de la Gran Muralla China, organizado por la misma agencia danesa, y pensaba que el del Círculo Polar era más duro, por el frío y el recorrido. Una joven de la organización se nos acerca al oírnos hablar de la prueba china y precisa las diferencias entre ambos: en la Gran Muralla corren más de mil personas y la temperatura se acerca a los 35 grados. Nos recuerda que también organizan el maratón del Gran Tibetano, de gran belleza, celebrado en Ladakh, en el Tibet indio, entre monasterios y altas montañas rocosas, y el maratón Karen Blixen, aunque este último ha sido provisionalmente suspendido por falta de rentabilidad. A su entender, África no interesa a los corredores; es un continente más deseado por los aventureros. Olvida que una cosa no está reñida con la otra.


Los últimos clasificados llegan en un goteo interminable. Una alemana finaliza al borde del límite de siete horas, cuando estoy hablando con un holandés que, como trabajador de la revista Runner’s world, ha sido invitado por la organización, que ha pagado todos los gastos derivados de su viaje. Además, colabora con la cadena televisiva Eurosport. Conoce a Javier Moracho, ex vallista y comentarista de atletismo de Eurosport en español. El holandés va a escribir varios artículos acerca del maratón y no para de hacerme preguntas, especialmente cuando se entera de que he participado en el maratón de Spitsbergen y de que siento predilección por las carreras árticas. Por fin, vemos en la última bajada la silueta de la neozelandesa, que con paso cansino se acerca a la meta. No ha perdido la sonrisa y, al cruzar la meta, estalla en una carcajada de satisfacción. Son las cuatro y media. Han pasado siete horas y media desde la salida. El sol invita a los mosquitos a unirse a la fiesta. Son unos bichos muy pegajosos y molestos. Es mejor retirarse al hotel.


... Continua ....


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