Mi primera vez

Por scop para carreraspopulares.com - 12/07/2006

El Bartolo a lo lejos, mi tocayo y yo bajando Les Agulles y grupo de corredores afines en la feria del corredor el sábado por la tarde


Hay personas que desprenden energía, que puede ser positiva o negativa según los polos, otras echan chispas cuando sus miradas se cruzan, las hay con movimientos eléctricos e incluso están documentados casos de gente con fuego en el cuerpo.


De todo hay en la viña del Señor, como en botica, pero lo mío es diferente, he comprobado que bajo presión física doy calambres; puede que sea por mi caracter nervioso pero es lo que yo genero, calambrazos a troche y moche.


Por ejemplo el domingo pasado en la llamada Marxa al Bartolo donde tuve serias derivaciones de corriente quizás provocadas por las cercanas antenas de la cima, cercanas si subes hasta allí porque desde la playa se ven lejanas, y que a modo de fuego de San Telmo recorrían de arriba abajo mis piernas, ora los gemelos, ora los isquiotibiales, y de vez en cuando los adductores.


Menos mal que no coincidieron juntos más que cuatro o cinco veces, en esas ocasiones por mi boca, me la tendré que lavar con jabón cuando todo esto acabe, salían despedidos rayos, truenos y hasta centellas.


Para ser sincero la Marxa al Bartolo se me atragantó de mala manera, como la gamba de aquella canción de la mili, en la primera ocasión que le brindé. Los primeros kilómetros, mientras era posible correr, trotar o caminar, la cosa iba más o menos bien y sin generar aparato eléctrico, pero fue empezar a trepar como las cabras por aquellos riscos que subían al Moll de la Mola y despertarse alarmados todos mis problemas conocidos y los otros también.


Era una continua subida que se me hizo tan interminable como las series con que las televisiones nos deleitan después de las comidas, aunque a sus personajes, por muchos meses que se tiren en pantalla haciendo lo que no está en los escritos, no se les terminan nunca las pilas.


Antes de coronar el Moll ya tuve mi primer calambre, noté un bulto en el cuello que resultó ser el gemelo derecho que se me había subido, “bájate ahora mismo con tu hermano, so animal”, “si, hombre, con lo que me ha costado subir”, al rato empezaron a jugar a los ascensores, mientras uno subía el otro bajaba disfrutando como niños, “estaos quietos de una vez que la gente cree que estoy poseído”.


Echando pestes por la boca y por donde podía conseguí escalar por aquellas agrestes crestas no sin antes doctorarme en electrónica de consumo, algunos de los compañeros que me iban pasando ponían caras como de susto pero no me tocaban por si acaso les arreaba un zurriagazo electrostático.


Al final de la senda pude adivinar la camiseta amarilla de mi tocayo que se había adelantado un poco, allí no te puedes parar, “vamos Santi que ahí mismo tenemos el segundo control”.


Después de reponer fuerzas en las bien surtidas carpas de la organización, allí había de todo y en abundancia, me dirigí a la ambulancia de la Cruz Roja como los mosquitos hacia la luz, “hola que si me podéis dar un masaje tailandés que es que tengo las piernas tal que así”, al final una voluntaria me dio un masaje antidescargas eléctricas para que dejasen de practicar involuntariamente el baile de San Vito.


Mi tocayo y Josep1 intentando convencerme de que hemos andado tanto que estamos en el camino de Santiago, todavía no iba KO pero tuve mis dudas


Una vez medio repuesto llegamos a la cima del Bartolo tras una cuesta de aúpa y podemos empezar a descender de la montaña, entre un ligero trote y andar conseguimos alcanzar el tercer control, justo en el kilómetro 18; unos pocos metros antes practico la natación de altura en la Fuente Tallà que más bien debería llamarse la Fuente Pallá por lo lejos y a trasmano de todo que queda, deliciosa agua fría que consigue darme un breve pero intenso respiro.


Allí mismo comienza la subida a Les Agulles que es donde la Marxa al Bartolo se transforma en un suplicio para quién esto escribe, convirtiéndome por momentos en una auténtica y desbocada central eléctrica.


La subida me resulta muy penosa, en un momento dado me siento agotado sobre una piedra mientras pienso en como salir de ésta, algunos de los que me van sobrepasando me preguntan si me encuentro bien o si necesito ayuda, una pareja me deja una botella de agua que me sienta de maravilla, “¿ayuda?, lo que yo necesito es un helicóptero que me saque de aquí”.


A trancas y barrancas corono Les Agulles con mucha fatiga, al fondo diviso de nuevo la camiseta amarilla de mi ángel de la guarda particular, juntos iniciamos la bajada que se me hace dura y pesadísima, no puedo seguir ningún ritmo que me proponga, envuelto como voy en el típico pesimismo que a veces precede a la luz.


A un lado vemos el poste del kilómetro 20, se me antoja como la calavera de una cabra en mitad del desierto, creo que en hacer los dos últimos kilómetros se me ha ido casi una hora y mi chivato de energía parpadea en rojo desde hace largo rato, “conéctese cuanto antes a una fuente de energía estable o perderá los trabajos no almacenados”, un nuevo avituallamiento líquido me devuelve al mundo real, “venga, ahora todo es llano hasta la playa”, con lo que yo hubiera dado durante toda la mañana por un llano, ahora que lo tengo ante mí no sé que hacer.


Trotamos y andamos como almas en pena por una zona feísima del extrarradio urbano de Benicàssim, muros de piedra que hay que saltar, zanjas, piedras, escombros, un paso subterráneo bajo la autopista por el que casi no quepo de pie... hasta llegar a la valla del camping cuyo verdor y frescor nos devuelven algo de lo perdido y, ya era hora, comenzamos a trotar.


Foto de familia de los comensales en Les Barraques, una paella bien ganada


Por fin llegamos al paseo marítimo, los últimos 500 ó 600 metros corremos entre la indiferencia general y caras de susto de los bañistas, en meta distingo a una Lola que nos aplaude aliviada y anima a otros a hacer lo mismo, han sido casi 5 horas desde que a las 7 de la mañana dejamos el pueblo a nuestras espaldas para enfilar el Bartolo.


Chocamos las manos al cruzarnos con ella, ponemos cara de foto, intercambiamos los chips por sendos diplomas y pasamos a la zona de refrigerio, se puede comer y beber a voluntad, opto por agua fresca y sandía, esto se ha terminado.


O eso creía yo, en ese momento los dedos de los pies deciden sumarse a la fiesta y durante las dos siguientes horas se mueven acalambrados a su antojo, andando y cantando como Chiquito de la Calzada consigo salir de la piscina del hotel donde me había metido previamente con idea de ahogarles y que dejasen de darme la murga.


Una ducha fría pone fin a las hostilidades dejando las cosas y los músculos dónde y cómo debían estar, a la aventura del Bartolo le toca empezar a convertirse en un recuerdo, sobre todo cuando se me pasen las potentes agujetas que desde ayer lunes me acompañan por donde quiera que voy, si no fuera por ellas ya no me acordaría de casi nada.


Ahora empiezo una pequeña temporada de descanso, de reflexión y recarga de baterías, a ver si consigo poner en blanco sobre negro las muchas experiencias vividas esta temporada para poder empezar otra nueva con plenas garantías.



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