Guía del corredor novato: el primer día que salí a correr

Por Mario Trota para carreraspopulares.com - 15/06/2018
El primer día que sales a correr, puede ser duro si no lo haces de forma adecuada
El primer día que sales a correr, puede ser duro si no lo haces de forma adecuada

Siempre hay un primer día. O varios primeros días, como sucedió en mi caso. Y, ciertamente, si no has sido antes corredor habitual y no has seguido los consejos de un entrenador, ese primer día puede ser muy duro. Ahí está la clave. Que cuando tomes la decisión de empezar a correr lo hagas siguiendo las indicaciones de alguien que sabe de esto, o como mínimo que preguntes a algún amigo ya veterano en estas lides. Pero si te da por lanzarte a correr sin más, sin saber muy bien de qué va esto y, lo peor, confiando demasiado en tus capacidades físicas, te llevarás un chasco que posiblemente te haga coger manía a nuestro deporte. A mí estuvo a punto de pasarme.

Porque el primer día de los corredores inconscientes suele ser muy parecido. Os voy a contar cómo fue el mío, porque seguro que muchos os sentís identificados, y a otros, que estáis pensando en empezar a dar zancadas, os puede servir de ejemplo de lo que no debéis hacer.

Compartía piso con dos compañeras de trabajo. Y un día decidimos que ya no podíamos dejar pasar más tiempo: teníamos que empezar a hacer deporte, para ponernos en forma, para adelgazar o para lo que fuera que necesitáramos cada uno. Una mañana fría de otoño nos calzamos nuestras zapatillas de deporte (por supuesto, no eran específicas para correr, en mi caso eran unas que usaba para jugar alguna ‘pachanga’ al fútbol sala con los amigos una vez al año) y salimos a correr. Habíamos previsto ir caminando a un pequeño parque cercano a casa y trotar unos 35 o 40 minutos. Total, no era tanto. Ellas no habían corrido nunca, yo desde que era adolescente.

Así de confiados nos plantamos en la entrada del parque, donde decidimos dar vueltas a un edificio en lo que era una especie de óvalo de unos 400 metros de longitud, la mayor parte sobre adoquín. Nuestro atuendo era una mezcla de ropa para pasar el domingo en casa y ropa deportiva de los años 80. Empezamos a correr, así, sin más. Dispuestos a aguantar por lo menos 35 minutos seguidos, porque sí, porque yo de adolescente corría mucho y me gustaba y llegué a correr una vez hasta una hora sin parar.

Comenzamos a correr rápido, sin miedo, levantando las caderas, como si estuviéramos en una carrera y buscando nuestra mejor marca. La primera vuelta se nos hizo incluso hasta sencilla. “¡Esto mola!” Cuando llevábamos 5 minutos, una de mis compañeras se paró de forma brusca y se dobló sobre sí misma poniendo las manos en las rodillas y respirando ruidosamente. Su cara estaba roja. Dijo que no podía más. La segunda aguantó hasta los 10 minutos. Y se paró tras concluir una vuelta en la que arrastraba los pies de forma quejosa casi sin avanzar. En ese momento estuve a punto de parar. Las piernas me ardían, sobre todo los cuádriceps. Sudaba como si fuera verano y estuviéramos a 40 grados. Habíamos empezado demasiado rápido y estábamos pagando nuestra osadía y nuestro ingenuo exceso de confianza. Por orgullo de antiguo corredor (si es que alguna vez lo fui), seguí mi lastimosa marcha un par de vueltas más.

Las sensaciones pueden ser contradictorias tras el primer día
Las sensaciones pueden ser contradictorias tras el primer día

Fracasado

Cuando llevaba 15 minutos me di por vencido. Yo no valía para eso de correr. Quién me mandaba a mí. Paré junto a mis compañeras y coincidieron en lo mismo. Era más duro de lo que pensábamos. ¡Vaya fracaso! Ese fue mi primer pensamiento. Yo que me las daba de atleta y de deportista veterano. Dejé mi orgullo tirado entre los fríos adoquines y me fui a casa cabizbajo y dolorido. Al día siguiente empezaron los primeros síntomas de las agujetas, y un día más tarde casi no podía ni mover las piernas.

La experiencia nos resultó tan traumática que pasaron semanas hasta que se nos ocurrió volver a salir a correr. Pero, si bien en la segunda intentona fuimos mucho más modestos y precavidos y leímos algunos consejos en una revista, apenas encadenamos un puñado de días sueltos recorriendo a trote cochinero otro parque cercano con caminos de tierra. Un par de meses después, lo dejamos definitivamente.

Pasaron varios años hasta que encontré la motivación necesaria para retomar este deporte que ahora me apasiona. Había engordado tanto que necesitaba dar un cambio a mi vida. Y, aunque aún no estaba inmerso en el mundo de los runners ni había tanta afición en las calles, esa vez sí que lo hice de forma adecuada, y al poco de empezar me uní a un grupo de corredores con un entrenador. Ha pasado una década, y todo en mi vida ha cambiado. Miro atrás hacia aquel primer día y sonrío. Pero las agujetas y las malas sensaciones de esa experiencia me acompañarán siempre, aunque sea para recordarme que las cosas hay que hacerlas de forma adecuada, ser humilde y conocerte un poco mejor antes de enfrentarte a cualquier reto, por pequeño que parezca.

SOBRE EL AUTOR

Mario Trota
Corredor popular



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