Experiencias
Enero 2.003

Lo que siempre quiso saber y nunca se atrevió a preguntar sobre...
 
los dorsales

Por Scop

Afortunadamente las carreras populares son todas diferentes y eso nos permite a los corredores poder elegir, entre tantas como se disputan a lo largo del año, según nuestro gusto particular; así unas son conocidas por el desnivel de sus cuestas como la de Fuencarral en Madrid, por realizarse de noche como la carrera de San Antón en Jaén o carrera de las antorchas o por celebrarse entre góndolas por los canales venecianos.

Las hay que se distinguen por la gran cantidad de corredores que congregan como ocurre cada año con el maratón de Nueva York, por el frío estepario que se pasa en ellas como el medio maratón de Guadalajara o, incluso, por motivos humanitarios y de solidaridad con el pueblo saharaui como el maratón de Tinduf.

Eso por no hablar de otras carreras singulares como el maratón nocturno por parejas de Valtiendas, abierta hasta el amanecer, las innumerables San Silvestre para los cambios de año o, sin ir más lejos, la carrera de Derecho, algo diferente a las demás si se quiere porque en lugar de piernas se utilizan los codos, pero carrera al fin y al cabo.

A pesar de las diferencias todas las carreras se parecen en algo, en objetos sin aparente importancia pero sin los que una carrera popular no llegaría a ser ni tan siquiera una carrera de taxi y precisamente de uno de ellos pretendo ocuparme hoy aquí.

En lugar de enumerar cuantas similitudes se me ocurran en este o posteriores momentos de inspiración que pudiera llegar a tener, como por ejemplo los arcos de meta con o sin reloj, los cortes de tráfico o un avituallamiento de cerveza en la llegada, he preferido concentrarme en algo más sencillo y significativo, el objeto por excelencia de las carreras, el único que nos iguala a todos los participantes, una pequeña superficie de unos 460 cm2, es el... dorsal.

El dorsal es una pieza básica y necesaria en la indumentaria de cualquier corredor que quiera competir una carrera, sin dorsal no apetece, ni te dejan, participar ni tampoco podríamos coleccionarlos, pongo por caso, amontonados en el cajón de la mesilla de noche esperando a ver si me acuerdo un día de éstos de comprar un álbum para tenerlos ordenaditos por fecha, distancia, tiempo, ciudad, etc.

En ella guardo mis dorsales entre recortes de periódico, el diploma de los 100/24, unas fotos de cuando los niños eran pequeños, el pasaporte, la carta de aquel familiar que ya no está, alguna poesía de amor juvenil, la medalla que gané en el colegio, la oxidada armónica, la cartilla de la mili, la bala que no disparé... recuerdos que uno no termina de saber que hacer con ellos.

Antes que me canse de verlos allí y los tire, o tenga que comprarme una mesilla auxiliar para seguir almacenando retazos de vida, he decidido hacerles mi personal homenaje, así que empezaré haciendo.

..... un poquito de historia

Desde tiempos inmemoriales los individuos corredores han venido aplicando diferentes técnicas de identificación individual que les permitieran diferenciarse de sus rivales por algo más que por la cantidad de pelo distribuida, más o menos graciosamente, sobre sus cuerpos o por la velocidad que fueran capaces de imprimir a sus piernas.

En tiempos de los egipcios, gente muy preocupada por el diseño desde antiguo, por orden expresa del faraón Run-Ner II se utilizó el papiro como material esencial para confeccionar lo que podría ser considerado como el antecesor más antiguo de los dorsales, aunque algunos lo consideraban un rollo.

Se realizaban con la misma planta acuática procedente del Nilo con que se elaboraba el papiro intelectual, soporte de la escritura en aquella época piramidal, antecesor del papel couché sobre el que los egipcios relataron para la posteridad las cuitas de sus faraónicas dinastías y que, con el devenir de los años, se convirtió en el Hola, Semana, etc.

En el dorsal que se muestra puede observarse que se trataba, claramente, de una carrera campo a través o de cross como gusta decirse ahora.

 Nuestros técnicos especialistas están intentando resolver que número de dorsal representaba pero les llevará algo de tiempo descifrarlo.

A pesar de la calidad intrínseca del material empleado en su elaboración, estos dorsales  tuvieron poco éxito debido a esa costumbre tan rara de correr de perfil, circunstancia que impedía saber que atleta era ese que venía por allí.

Correr de perfil exigía a los corredores una depurada técnica para evitar lesiones, habilidad que sin embargo no era apreciada por la gente y, por tanto, fue rápidamente desechada por la TVE (televisión egipcia) de entonces, con cuyos locuaces comentaristas se iniciaron los problemas de identificación de atletas que, como sabemos, han perdurado hasta nuestros días.

Coincidiendo con la llegada a escena de los griegos, los dorsales sufrieron una poderosa transformación; más modernos, liberales y ocupados por el culto al cuerpo, los helenos decidieron no utilizar nada y corrían medio desnudos o, como se ha dado en llamar posteriormente, "en bolas", en honor al griego que lo puso de moda.

En dichas circunstancias los atletas grecos no encontraron forma de sujetar decorosamente los dorsales, por lo que pasaron ampliamente del tema retrasando la I+D de los dorsales por unos cuantos siglos, a pesar de lo cual tuvieron tiempo de inventar los Juegos Olímpicos.

Sin embargo su nudista actitud vino bastante bien a los escultores clásicos pues no perdían tanto tiempo esperando a que se cambiasen de ropa para esculpir sobre piedra la figura de los triunfadores tras las pruebas.

El arte de la escultura parecía del gusto de los atletas, a pesar de que en días fríos solían quedarse tiesos durante el proceso de pose, quizás porque desconocían que al cabo de unos años se inventarían las máquinas de fotos digitales, menos exigentes pero más cibernéticas que Fídias, por ejemplo.

Dicen que hacia el 490 a.C. un soldado ateniense llamado Filípides se pegó una carrera tremenda de unos 42 kilómetros por orden de su jefe, el general Milciades, de la que lamentablemente, al no haber quedado constancia de si la hizo con o sin dorsal, con o sin chip, en circuito homologado o no, no tenemos mucha información más allá del misticismo épico que desde entonces rodea aquél hecho.

Cuando llegaron los romanos al mundillo del corredor no estuvieron muy interesados en las carreras pedestres, correr con sandalias bajo aquellas pesadas armaduras se les hacia muy duro ¿y que decir del casco de rojo penacho moviéndose constantemente sobre sus cabezas?, además nunca ganaban a los griegos - y eso que iban en pelotas - y claro, se hartaron de perder.

Ejemplos de gorra romana y gorra actual para observar la diferencia de estilo y comodidad alcanzados en esto del correr

De modo que decidieron apostar fuertemente por las carreras de cuadrigas que les aportaban mayor satisfacción, muchas victorias y sus buenos denarios extra gracias a las apuestas, afición que se ha mantenido hasta nuestros tiempos ahora como carreras de Fórmula 1 que, básicamente, consisten en lo  mismo de antes, es decir en tener los caballos más veloces y salir zumbando a por la pasta.

 Por esta causa, en cierta forma, se detuvo el impulso inicial dado por egipcios y griegos, por lo que la gente normal como nosotros se abstuvo de corretear por las calzadas durante varios decenios,  pasándose en bloque a las pruebas indoor – con mayor éxito de público y taquilla - donde se ponía a prueba la fuerza, velocidad y reflejos de los participantes en comparación con las de ciertos animales salvajes con injusta fama de lentos, como por ejemplo los leones del Atlas, que eran auténticas fieras aunque la gente se empeñara en lo contrario. 

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versión v0. ultima revisión 14/01/2003