Corriendo por los puertos míticos(46): Tourmalet + Bujaruelo, Francia

Por Jorge González de Matauco para carreraspopulares.com - 13/11/2018

La grandeza del mito del Tourmalet es tal que no se circunscribe al Tour de Francia y a las hazañas ciclistas. Porque su nombre ha pasado a nuestro lenguaje cotidiano. Así, cuando alguien ha de afrontar un gran desafío o una empresa muy complicada, decimos que tiene por delante un Tourmalet. Y lo que muchos desconocen es que el primer paso del Tour de Francia, la primera travesía que pasó a la historia de lo estrambótico, no se hizo en bicicleta, sino a pie. Tampoco diremos que fue corriendo, pero, por las condiciones en que se realizó, no difirió mucho de lo que a veces ha acontecido en algunas de las actuales carreras de montaña.

El periodista y aventurero Alphonse Steinès fue el ideólogo que propuso introducir las etapas pirenaicas en el Tour de 1910. Cuando se le hizo ver que por aquellas montañas no existían carreteras dignas de tal nombre, programó un reconocimiento de los grandes puertos que había de atravesar la ruta, todos ellos nacidos para facilitar el acceso a las rutas termales frecuentadas por la nobleza de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Steinès subió el Tourmalet en un vehículo por la vertiente oriental hasta que, a falta de dos kilómetros para la cima, grandes barreras de nieve le obligaron a descender del vehículo y continuar caminando. Contrató a un pastor para que le ayudara a encontrar el camino en medio de la nieve, pero al alcanzar la cumbre, el pastor rehusó acompañarle en el descenso y Steinès tuvo que proseguir en solitario. Gateando entre la nieve, más que caminando, cayó en grietas y corrientes de agua gélida, y consiguió orientarse siguiendo el curso de un torrente hasta dar con la carretera cuando varias partidas de rescate se habían lanzado en su búsqueda. Herido, calado, aterido de frío y al borde la hipotermia, a las tres de la madrugada, después de pasar toda la noche a la intemperie, consiguió llegar hasta Baréges, desde donde envió un telegrama urgente a su jefe, Henri Desgrange: “Tourmalet atravesado. Stop. Ruta en perfecto estado. Stop. Ningún problema. Stop”. Con una gran mentira había nacido la leyenda de los Pirineos en el Tour de Francia.

A la altura de semejante mito, una gran carrera pedestre atraviesa varios puntos de Tourmalet. Se trata del Grand Raid de los Pirineos, un ultra que engloba cinco pruebas de diferentes distancias a través de los valles y montañas pirenaicas (la más larga consta de 167 kms, con 10.000 metros de desnivel positivo y un máximo de 52 horas para completarla). Hace ya tiempo que dejé de participar en pruebas tan monstruosas, así que esta vez no seré participante, sino mero seguidor. Contemplar el paso de los corredores al mismo tiempo que se lleva a cabo una aventura más personal es una buena excusa para cruzar la frontera con el país vecino. Y esa incursión en solitario me llevará a seguir la misma ruta que cubrió Alphonse Stèines en 1910: 28 kilómetros entre Sainte Marie de Campan y Barèges.

Como Steinès, la primera parte del trayecto la deberé realizar en un vehículo. En mi caso para recorrer la distancia que me separa de Sainte Marie de Campan, ya que me alojo en Luz Saint Sauveur, la localidad ubicada al mismo pie de la vertiente occidental del Tourmalet. El taxista no da crédito cuando le explico que pienso regresar corriendo y, preocupado, me hace toda clase de preguntas para comprobar que no se halla en presencia de un loco chiflado que va a volver a requerir su ayuda en cualquier punto de la carretera. En cuarenta minutos hemos subido y bajado el Tourmalet y me deja en Santa María visiblemente preocupado acerca del estado de mis facultades mentales.

Sainte Marie de Campan es tan minúscula que se diría que hay más monumentos que viviendas. Junto a la inevitable iglesia y a una célebre fuente donde los ciclistas suelen proveerse de agua, se encuentra el monumento a EugèneChristophe, que nos recuerda otra hazaña del Tour llevada a cabo a pie en vez de a lomos de una bicicleta. Durante la edición de 1913, después de sufrir una avería en su bicicleta, Christophe recorrió 10 kilómetros a pie hasta llegar a una forja de Santa María de Campan, donde pudo reparar la bicicleta y continuar la etapa. Al otro lado del monumento, unas palabras de Christophe que bien podrían servir como referente para la vida: “No se abandona nunca un trabajo que se ha comenzado”.

Los primeros cuatro kilómetros de la ruta son muy amables, casi planos, y atraviesan pequeños núcleos de granjas y casonas de piedra. Corro por la parte izquierda de la carretera, hay tráfico pero no resulta peligroso. Además, hay un pequeño arcén que a veces se ensancha y otra se estrecha, pero permite correr sin riesgo. No es hasta el paso por la localidad de Gripp cuando comienza la verdadera ascensión, pero para entonces ya llevo más de cuatro kilómetros recorridos, lo cual anima mucho. Pasan muchos ciclistas, algunos de los cuales se quedan mirándome con cara de extrañados, como si un intruso aún más masoca que ellos se hubiera infiltrado en su territorio. La carretera se interna en una zona muy boscosa mientras se eleva con pendientes muy regulares que no impiden correr, hasta que a falta de seis kilómetros, coincidiendo con el paso por cuatro galerías, el recorrido se endurece definitivamente e impone alternar la carrera con la marcha. La niebla ha echado raíces en La Mongie, pero eso no impide comprobar los horribles edificios de hoteles que pueblan la estación invernal. Realmente es difícil imaginar algo tan feo. En La Mongie me cruzo por primera vez con los participantes del raid, pero no es un lugar que invite a pararse mucho tiempo para hacer funciones de espectador. A la salida de la estación, la carretera se estrecha y la modernidad de los telesillas se mezcla con el entorno rural de los rebaños de caballos y ovejas. La niebla va y viene y permite contemplar la cima del puerto, en la que hay cola para fotografiarse junto al monumento a OctaveLapize, otro ciclista legendario, vencedor de la primera etapa pirenaica de la historia, en aquel 1910.

En la tienda de recuerdos de la cima no puedo evitar comprar un libro sobre la historia del Tourmalet, así que con él bajo el brazo parezco un corredor cuando menos algo estrafalario. Los primeros kilómetros de descenso por esta vertiente son realmente espectaculares, con muchas más curvas y panorámicas que en el otro lado, corriendo por una carretera que se va hundiendo en el valle de forma progresiva y entretenido por los fotógrafos profesionales que se disputan el mejor rincón para hacer negocio con los ciclistas que van pasando continuamente. El mejor regalo que me llega es el desvío por la carretera vieja, rebautizada como vía Fignon, prohibida para vehículos y con grandes vistas sobre la carretera nueva. Una balconada de lujo donde puedo correr a mi aire, sin preocuparme del tráfico, y de paso seguir el raid, que vuelvo a encontrarme de nuevo. Al llegar a Bareges doy por cumplido mi propósito, aprovechando que el autobús hacia Luz está a punto de pasar.

Como aún me queda un día en Luz Saint Sauveur, programo una nueva ruta hacia las montañas, una ruta que pasa junto al monumento más destacado de la localidad, el puente Napoleón, que, aunque suene a gran paradoja, es hijo de la esterilidad. En concreto, de la esterilidad de la emperatriz Eugenia, esposa de Napoleón III, quien logró vencer ese problema gracias a las aguas termales de la localidad. Como agradecimiento, el emperador ordenó la construcción de un gran puente para sortear un profundo torrente y de esa forma solventar el aislamiento de la barriada de Saint Sauveur, sede de las termas. No fue ese el único aislamiento que sufría la zona. Al revés, tan solo tres rutas permiten romper el secular aislamiento del valle de Bareges, conocido en la actualidad como PaysToy, un enclave casi inexpugnable que prácticamente alcanzó la consideración de país independiente, una república de pastores y montañeses con sus propias leyes y costumbres. Dos de esas tres rutas (la otra viene de Argeles Gazost excavando las gargantas de Pierrefitte) penetran en el valle a través de sendos puertos míticos: el ya citado y archiconocido col del Tourmalet y el histórico puerto de Bujaruelo (o de Boucharo, si preferimos el francés). Este será mi nuevo objetivo, muy diferente al Tourmalet, ya que serán 11,5 kilómetros de ascensión, ganando altura a través de una carretera muy panorámica, con muchas curvas y sin árboles, apenas sin tráfico ni siquiera de ciclistas y con presencia de señales de peligro de desprendimientos. Hacia el kilómetro cinco, después de un punto de grandes vistas sobre la ascensión, se sitúa la estación invernal de Les Especieres, y luego un terreno más agreste, de pradera, roca y ovejas que se sitúan en los márgenes. Entre los ánimos de algún automovilista me voy acercando a la cumbre del col des Tentes, preludio del de Bujaruelo. En la cima termina la carretera y se accede a una inolvidable panorámica sobre las cumbres que cierran el circo de Gavarnie. Para acceder a Bujaruelo aún queda un kilómetro y medio, primero por una pista asfaltada y luego por un sendero ya en la parte final, hasta coronar ese puerto pirenaico que forma parte de uno de los caminos jacobeos y ejerce de frontera, una auténtica vía de conexión entre Francia y España, con fenomenales vistas hacia Gavarnie y Ordesa. El nombre de Bujaruelo resuena a pacto y comercio libre entre montañeses y pastores duros e independientes, pero también a avalanchas, ventiscas y muerte, como me recuerdan unas ráfagas de viento fuerte y frío que no invitan ni reflexionar ni a quedarse demasiado tiempo embobado por la estampa.

Y también puede ser propicio para accidentes, como compruebo apenas en el primer kilómetro de descenso, cuando me topo con un ciclista que permanece malherido en la calzada, doliéndose de un hombro y ya cubierto por una manta de supervivencia. Resulta que es sevillano y me quedo hasta que llega la ambulancia, casi media hora después, para hacer el papel de intérprete. Curiosamente había venido a participar en una marcha llamada La Marmotte y el accidente ha surgido porque se le ha cruzado una marmota. Ironías del destino. Ya abajo, frente a esa majestuosa y vertical muralla de roca que es el prodigioso circo de Gavarnie, me despido del periplo pirenaico. Quizá no fueran tanta exageración las palabras del poeta y novelista Víctor Hugo, que escribió que Gavarnie era el coliseo de la Naturaleza, la edificación más misteriosa del arquitecto más misterioso.

SOBRE EL AUTOR

Jorge González de Matauco
Autor del libro “En busca de las carreras extremas“



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