Corriendo por los puertos míticos(XXXV); Arcalís, Andorra

Por Jorge González de Matauco para carreraspopulares.com - 08/03/2018

Si Andorra es conocido por algo, además de por sus bancos, es por sus montañas. Es “el pequeño país de los Pirineos”, resumen las campañas publicitarias. Y en un territorio tan reducido y con tantas ascensiones para elegir, pueden surgir dudas acerca de cuál de ellas ocuparía el primer lugar del pódium si hiciéramos un listado de puertos míticos andorranos. Antiguamente, el más famoso de ellos era el de Envalira, que conecta Andorra con Francia y que soporta un tráfico muy denso. Otros aspirantes tienen más pujanza y juventud: la Gallina, la Comella, los Cortals d´Encamp, Beixalís, Pas de la Casa... Pero todos ellos ceden ante la subida a la estación invernal de Arcalís, también conocida como Ordino-Arcalís, que las grandes pruebas ciclistas han convertido en la escalada nacional andorrana, con emocionantes finales de etapa en su cumbre.

Arcalís no es un lugar ajeno a las carreras de montaña. Porque en los últimos años Andorra se ha convertido en uno de los paraísos soñados por los corredores de trail. El Andorra Ultra Trail Vallnord, en sus cinco modalidades para elegir, que van desde la distancia maratón hasta los 233 kilómetros, permite atravesar buena parte de ese pequeño país de los Pirineos. Especialmente la Ronda dels Cims (170 kilómetros y 13.500 metros de desnivel positivo) fue elegida por el libro Trail Running, de Ian Corless, como “uno de los recorridos más extremos y difíciles de la temporada de carreras de montaña”. Recorre 16 picos y pasos de más de 2.400 metros de altitud, reuniendo excepcionales vistas panorámicas, prados, bosques, lagos, tal vez nieve y hielo y, con una alta probabilidad, noches muy frías. Y entre todos los lugares que atraviesan ese desafío quizá el más conocido para el gran público sea precisamente la estación invernal de Arcalís. Un aliciente más para subir corriendo, aunque sea en solitario.

A mediados de noviembre, las mañanas en la localidad de El Serrat son realmente heladoras, aunque, como en esta ocasión, el sol haga acto de presencia. No hay muchas dudas de dónde comenzar a correr, porque, precisamente en la entrada a esa localidad, un cartel marca con meridiana claridad el punto donde comienza la escalada, junto al puente sobre el río Rialb. Esperan 10,5 kilómetros que salvan un desnivel positivo de 724 metros, con una pendiente media del 6,9%. Y no anima demasiado para empezar que sea precisamente el primer kilómetro el más duro de toda la ascensión. Mientras se entra en calor se puede admirar el hermoso pueblo de montaña, con sus imponentes casas de piedra y tejados de pizarra negra y el paso junto a algunos hoteles, todo ello apenas en unos metros donde la carretera encadena un buen número de curvas de herradura. A la salida de El Serrat pronto la pendiente se vuelve más amistosa y se deja a la derecha el desvío al parque natural del valle de Sorteny, que conoceré durante el descenso. La carretera es ancha y suben algunos vehículos, pero prácticamente ninguno desciende, por lo que, de momento, el tráfico es de una única dirección.

Aunque no es demasiado pronunciada, la ascensión es constante y va progresando por el valle, dejando atrás sucesivamente un lugar de reposo donde se inician varios caminos que se internan en unas montañas grises completamente nevadas, un par de galerías que están en obras y dos puentes sobre los ríos Comís Vell y Tristaina. Así, hasta llegar a un túnel con murales de recuerdo a los tres finales de etapa del Tour de Francia en Arcalís. En el túnel hay un frío de mil demonios y los aproximadamente 200 metros de distancia se me hacen eternos. El final del túnel coincide con el comienzo del que tendría que ser el tramo más espectacular de la subida: una serie de lazadas que atraviesan L´Hortell y

Els Planells, dos pequeños núcleos con pistas de esquí. Siempre que corro me voy fijando en el entorno y, según pasan los minutos, suben más y más coches. Por fortuna, la carretera parece mucho más ancha debido a los aparcamientos situados en sus márgenes, y cada vez surge más nieve en los márgenes de la calzada y mejores vistas gracias a esas curvas tan panorámicas.

Pero la gran sorpresa llega justo antes del kilómetro 8 (cuando restan 2,5 kilómetros para la cima). Veo que los coches maniobran y dan la vuelta intentando encontrar un sitio para aparcar y me pregunto qué ocurre. La respuesta está al lado de una gran pista de esquí. La carretera está absolutamente cortada por un gran manto de nieve que impide la circulación. Pienso qué debo hacer durante un par de minutos, pero pronto compruebo que para un corredor la carretera es perfectamente practicable. La nieve es poco húmeda y está apelmazada y el hielo queda debajo de la primera capa. Un corredor ni se hunde ni se resbala. Así que afronto la que será la parte más gratificante de la subida. Sin coches, corriendo por la nieve y apenas teniendo que compartir la vía con algunos esquiadores y caminantes. Por si fuera poco, el entorno nevado va tomando formas paradisíacas y, aunque correr por la nieve siempre exige más esfuerzo, la emoción del momento suple con creces ese pequeño contratiempo. Dejo atrás las últimas herraduras y, luego, una gran escultura circular de cuatro metros de diámetro (Arcalís 91, obra del escultor Mauro Staccioli) y el desvío hacia los lagos de Tristaina. Las rectas finales, rodeado de cumbres por todas partes, me conducen hasta los 2.229 metros de la estación de Arcalís, que en esta época del año y pese a la nieve caída, todavía está cerrada al público, aunque algunos aprovechan para esquiar clandestinamente.

El descenso de estos dos kilómetros y medio nevados exige mayor atención y prudencia porque hay más placas de hielo que anuncian posibles resbalones. Para no repetir el trayecto de la subida me interno en el parque natural del valle de Sorteny y disfruto corriendo por espléndidas pistas también cubiertas de nieve y hielo entre frondosos bosques de robles. Es el obsequio final de Arcalís. Correr por la nieve es algo excepcional para la mayoría de los acostumbrados a terrenos como el asfalto, las pistas de tierra o los senderos. Y es algo con lo que algunos disfrutamos como cuando éramos niños. Porque siempre se puede ver el vaso medio vacío y hablar de un frío horrible, de zapatillas caladas y de resbalones y caídas frecuentes. Pero posiblemente, y esa es la enseñanza que me dejó Arcalís, sea mejor fijarse en ese tacto fino de la pisada, en sentir esa capa blanca bajo los pies, en el majestuoso entorno blanco y montañoso, en cómo vencer al frío con el movimiento. Unas sensaciones que nos sacan de nuestra rutina como corredores y para las que Andorra representa un destino de primera categoría.

SOBRE EL AUTOR

Jorge González de Matauco
Autor del libro “En busca de las carreras extremas“



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