La evolución económica del runner

Por Mario Trota para carreraspopulares.com

Empecé a correr porque estaba gordo y el médico me dijo que me tenía que cuidar. Era tan malo en el tenis, el fútbol o el baloncesto que me decidí por un deporte solitario para no hacer el ridículo. Tengo pánico al agua y la bicicleta es demasiado para mí, así que me decanté por el running, que estaba muy de moda. Además, como me dijo un amigo para convencerme: “es barato, te pones unas zapatillas y sales a correr”.

Al principio usé unas zapatillas viejas con las que jugaba al fútbol con mis amigos de la universidad. Al segundo día de uso, las ampollas eran del tamaño de un tomate. Fui al centro comercial y el empleado me recomendó un modelo “amortiguado para pie neutro” que me vendría de maravilla para mis patéticos entrenamientos dando vueltas al parque de al lado de casa.

El problema es que me acabó gustando aquello de dar vueltas como un hamster a un circuito de un kilómetro. Y cuando me cruzaba con decenas de corredores más experimentados me fijaba en sus prendas y zapatillas. Sus camisetas no eran como las mías. Las que yo llevaba eran las de algodón que tenía en el fondo del armario olvidadas, con publicidad de una marca de desodorante o de ron. Y mis pantalones para correr... bueno, los primeros dos meses confieso que usaba las bermudas de ir a la playa.

Pero eso tenía que cambiar. Me compré esa revista tan famosa para corredores. Y se abrió un nuevo mundo ante mí. Rebusqué por Internet y encontré carreras, material para runners, planes de entrenamiento y muchas historias de superación gracias a gente que empezaba a correr. Y llegó el momento: me inscribí en mi primera carrera. No sé si fue cara o barata, era la primera.

No podía ir a mi primera carrera en bermudas. Así que invertí algo de dinero en unos pantalones en condiciones y una camiseta técnica que, por supuesto, estrené en la propia carrera. ¡Era novato, yo qué sabía!

Después de la primera carrera de 5 kilómetros llegó otra y luego una de 7. Y cuando me quise dar cuenta estaba corriendo un 10 K. Mis zapatillas se me quedaban cortas para el volumen de kilómetros que acumulaba cada semana. Y yo ya me empezaba a convertir en un experto en estas cosas, aconsejado por amigos con más experiencia.

Las siguientes zapatillas costaron bastante más que las primeras, pero, como me dijo el dependiente de la tienda especializada, “son las más adecuadas para ti y así evitarás lesiones”. Aquel día descubrí que era pronador. Compré una camiseta más, unas mallas y, como empezaba a hacer frío, también una chaqueta especial para correr.

Me bajé la versión pro de una conocida aplicación para el móvil y así podía medir la distancia que hacía en cada entrenamiento, y el ritmo que llevaba... que yo ya medía en minutos por kilómetro, claro. Para llevar el móvil compré un brazalete de lo más práctico.

Tuve que comprar aquel libro de running del que todos hablaban. No era muy barato, pero mereció la pena. Me enganché aún más a esto de correr y descubrí que también existían carreras de montaña.

El siguiente paso fue entrar en un club de corredores del gimnasio del barrio por el que pagaba una económica cantidad mensual. Con mis nuevos amigos comprendí que el mundo del runner es mucho más amplio. Uno me recomendó unas medias de compresión para proteger mis maltrechos gemelos cuando corría. Y los continuos debates sobre cuál era el mejor reloj con pulsometro y GPS me convencieron de que para estar a su altura debía tener el mío. Aunque era uno de los más baratos, dejó mi tarjeta tiritando durante unos minutos.

Mi primera carrera de montaña me convenció de que tenía que comprar unas zapatillas específicas para aquel terreno. Ahora ya tenía dos pares: uno para asfalto y otro para trail. Pero en asfalto cada vez iba más rápido, y me recomendaron que me comprara otro par de zapatillas, unas mixtas, para usar sobre todo en las carreras y en los entrenamientos más rápidos.

A mí segunda carrera de montaña acudí ya con un cinturón de hidratación (con un bidón y un pequeño bolsillo), una braga para el cuello, una gorra y unas gafas de sol recién compradas. Especiales para runners, claro.

En mi primera media maratón usé mis nuevas zapatillas mixtas (que ya había estrenado antes) y después jubilé las de entrenamiento, que habían cumplido los 1.000 kilómetros de zancadas reglamentarios. Las nuevas fueron mejores y más caras. Y ya no compraba cualquier calcetín. Los buenos eran algo más caros, pero cómo iba a usar unos calcetines de dudosa calidad con aquellas zapatillas último modelo.

Llovió mucho aquellos días, así que el chubasquero pasó a formar parte de mi indumentaria, al igual que un cortavientos de marca que era de lo mejorcito. Para las carreras y entrenamientos más largos llevaba bebida isotónica comprada en el supermercado.

Y entonces llegó el día: decidí que haría mi primera maratón la primavera siguiente. Una vez más convenientemente asesorado, me hice una prueba de esfuerzo en un centro médico privado en el que conseguí una buena oferta. Me instruí en el uso de barritas energéticas y geles para largas distancias y empecé a frecuentar la consulta de un fisioterapeuta para aliviar la carga de mis piernas tras las largas semanas de kilómetros.

El día de mi primer maratón, en mi ciudad, con la inscripción pagada tres meses antes, me convertí en un runner para toda la vida. Y ya no hubo marcha atrás. El número de carreras en las que participaba creció de forma vertiginosa. Las zapatillas acumuladas en mi cajón se multiplicaron, igual que las prendas y los accesorios que usaba para correr.

Al fin soy un CORREDOR de verdad. Uso zapatillas para entrenar, zapatillas para correr más rápido, zapatillas de trail con membrana impermeable y otras sin ella. Gorra, visera, cortavientos, chubasquero, cinturón de hidratación, otro para llevar los geles, portadorsales, mallas de compresión bajo los pantalones de correr. Al menos 6 pares de calcetines diferentes, que voy renovando. Camisetas de manga larga y manga corta (aunque tengo decenas de las carreras en las que participo). Guantes técnicos y gorro para el frío. Y unas gafas de sol nuevas. He cambiado dos veces de reloj con GPS. Mi fisio se ha convertido en un amigo y me hago una prueba de esfuerzo una vez al año.

Además, ahora soy un runner turista. He hecho viajes a varias ciudades (algunas fuera de España) a participar en carreras y disfrutar de un fin de semana con amigos.

Cuando me encuentro ahora con aquel amigo que me dijo que correr era barato no le regaño, ni siquiera le recrimino su comentario. Gasto mucho dinero en correr, pero es mi afición y si echo cuentas del dinero que ahorro precisamente por correr, me siento satisfecho. Cuando hablo con ese amigo simplemente sonrío y le digo: “Gracias por empujarme para que empezara a correr. Ahora soy mucho más feliz”.



SOBRE EL AUTOR

Mario Trota
Corredor popular



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