Corriendo por los puertos míticos(45): Chacaltaya, Bolivia

Por Jorge González de Matauco para carreraspopulares.com - 19/10/2018

Los chasquis... Su mero nombre hace soñar despierto a cualquier apasionado de la carrera a pie. Corredores-mensajeros por las altiplanicies peruanas y bolivianas durante el Imperio incaico. Rápidos, disciplinados y seleccionados por su discreción y devoción al emperador, corrían por relevos hasta llegar a cubrir entre 200 y 300 kilómetros cada día. En algunos grabados aparecen corriendo prácticamente desnudos, aunque lo más habitual es que lo hicieran ataviados con chullo (gorro quechua), túnica o camisa de bayeta de la tierra, culotte corto, abarcas de cuero e incluso con poncho, dependiendo de las temperaturas.

Unas de sus rutas discurría por las inmediaciones de la Cordillera Real boliviana. Allí, muy cerca del Huayna Potosí, se ubica una de las carreteras más altas del mundo, que asciende hasta la antigua estación de esquí de Chacaltaya, a 5.300 metros de altitud. Establecer cuál es la carretera con mayor altitud de Sudamérica encuentra la dificultad de definir qué consideramos una carretera. No es lo mismo entender que se trata de una vía asfaltada, de una pista de tierra apta para vehículos de cuatro ruedas o simplemente accesible para bicicletas de carretera. En el caso de las rutas asfaltadas se suele considerar el paso de Ticlio o Abra Anticona, a 4.818 metros, como el más elevado del continente. Si ampliamos el círculo a pistas no asfaltadas, en el volcán boliviano de Uturuncu, muy cerca de los 6.000 metros de altitud, existe una pista que conduce a una antigua mina ya inoperativa. Pero en cualquier caso, la carretera a la estación invernal de Chacaltaya oposita con fuerza para ser considerada la carretera con mayor altitud de Sudamérica y, lo que no es discutible, la carretera que conduce a la estación invernal más alta de todo el mundo. Correr por esta carretera entraría en el campo de la simple experimentación personal, pero también se podría generalizar sobre las sensaciones de un mero corredor popular muy alejado de la élite y ya veterano forzando la máquina a 5.300 metros de altitud.

Aunque ya llevo casi una semana en Bolivia, la aclimatación ha sido escasa, solo la prueba por la Carretera de la Muerte, relatada en el capítulo anterior, con final a 3.200 metros, y una ruta de senderismo por una imponente zona de lagunas al pie de la no menos espectacular montaña del Condoriri y del Pico Austria, llegando hasta 4.700 metros de altitud. Pero la verdad es que de momento no he tenido mayores problemas con la altitud.

Para llegar a Chacaltaya desde La Paz hay que dejar atrás el valle de Chuquiago Marka, la hondonada donde se encuentra la capital, ascender por sus laderas, donde no cabe un edificio más de ladrillo rojo, y cruzar la ciudad de El Alto, un inmenso amasijo de los mismos ladrillos rojos donde se han ubicado los inmigrantes que llegan del campo boliviano. Una ciudad con mayoría indígena que crece sin freno, ya que está en terreno llano, con calles sin asfaltar llenas de polvo de donde han surgido todas las revoluciones acaecidas en el país andino durante este siglo XXI. Por eso, El Alto es conocido como la ciudad aymara rebelde.

Cruzando esta peculiar ciudad se alcanza el cruce que conduce a Chacaltaya. La pista sin asfaltar ofrece vistas sobre las cimas nevadas del gran protector de La Paz, la montaña sagrada del Illimani, a la izquierda, y del Huayna Potosí y la propia montaña de Chacaltaya, de frente. El plan consiste en subir hasta donde se pueda en el vehículo que me transporta, continuar caminando hasta la estación de esquí y descender corriendo hacia las inmediaciones de El Alto. Pero hay muchas placas de hielo en la pista y los terraplenes no imponen mucho menos que los de la Carretera de la Muerte, así que el todoterreno me deja apenas iniciado el ascenso y continúo a pie atravesando la montaña fuera del camino establecido a través de un árido pedregal lleno de pizarras afiladas y tramos de hielo resbaladizo. Cuando llego a Chacaltaya compruebo que no queda nada de lo que fue un afamado centro de esquí para las clases altas de La Paz durante los años 70 y 80. Otra víctima del llamado cambio climático; ya no nieva lo suficiente para que Chacaltaya vuelva a ser lo que fue. Ahora solo es una estación fantasma casi en ruinas con un bar cerrado a cal y canto; un desierto absoluto si no fuera por los obreros que trabajan en uno de los edificios y por un puñado de mochileros de habla inglesa.

Es ese el lugar donde comienzo la aventura de correr a 5.300 metros de altitud, una experiencia totalmente nueva después de muchas décadas corriendo por cualquier lugar del mundo. Y desde el principio la sensación es extraña. Por un lado, las vistas esplendorosas sobre el Huayna Potosí y los alrededores me sitúan casi fuera de este mundo; por otro lado un aire enrarecido recuerda a los pulmones la altitud a la que están respirando. Pero el hecho es que nada insuperable me impide correr cuesta abajo con esa inconfundible sensación de ahogo. Es 1 de agosto y se celebra la fiesta de la Pachamama, la Madre Tierra que representa la conexión con la naturaleza, la energía y las montañas. Yatiris y chamanes me miran extrañados, como si ver a alguien corriendo montaña abajo mientras realizan sus ofrendas y sacrificios resultara una visión sobrenatural. Después de 4,5 kilómetros, el descenso finaliza y sigo corriendo por la pista, ya en un terreno más plano, aunque siempre con tendencia descendente. De frente tengo la vista hacia la inacabable ciudad del El Alto y las yermos campos del altiplano que la rodea.

Tras 10 kilómetros de carrera, aún a 4.700 metros de altitud, decido dar por terminado el experimento. En pocos minutos, ya instalado cómodamente en el vehículo, paso de la desolada Bolivia de las montañas al colorista enjambre humano de El Alto, la ciudad rebelde donde hasta los teleféricos rugen consignas que evocan reclamaciones históricas: Mar para Bolivia.

SOBRE EL AUTOR

Jorge González de Matauco
Autor del libro “En busca de las carreras extremas“


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