Diario de un corredor: Maratón de San Sebastián

Por José Manuel Torralba para carreraspopulares.com

Queda poco para la maratón de San Sebastián, “una clásica” en el panorama maratoniano español. Si no la has corrido, aquí te cuento cómo me fue a mí para ver si te animas.

Mi primer “San Sebastián” fue en el año 2009.Por aquel entonces entrenaba con un gran grupo de la Universidad Carlos III de Madrid, unidos por una actividad organizada por la propia universidad. Se generaron amistades y vínculos que han perdurado años y juntos hicimos alguna maratón. San Sebastián fue nuestra primera maratón colectiva a la que acudimos un buen número de amigos para correr.

Nos plantamos en San Sebastián el sábado anterior a la Maratón a la hora de comer, en la Residencia Olaraín (de la Universidad del País Vasco). Excepcional en todos los sentidos. Después de nutrirnos con un arroz sin excesivas pretensiones (más que la de acumular hidratos de carbono) nos dirigimos al estadio de Anoeta, en donde estaba ubicada la feria del corredor para recoger los dorsales, un estupendo forro polar (obsequio de la organización y patrocinadores) un buen Rioja y un queso curado cuyo recuerdo aun estremece mis papilas gustativas.

Volvimos a la residencia, y después de un pequeño descanso (cada mochuelo en su olivo) nos lanzamos a la búsqueda de más hidratos de carbono. Tras un par de tanteos regados con sendos zuritos de cerveza, nuestras atenciones se concretaron en un plato de espaguetis en el altillo de una cafetería de la parte nueva.

Nos recogimos pronto, con el hormigueo típico que precede siempre a los 42,195 kilómetros y los miedos e ilusiones que acompañan a la noche previa: ¿Lloverá; hará frío; cómo me responderán las piernas; seré capaz de bajar de ese tiempo; dormir?. Siempre es igual cuando se acumulan los nervios, después de meses de preparación y delante de tantas incógnitas.

Corriendo junto a la Concha.
Corriendo junto a la Concha.

Llega el día. Nos dimos un buen madrugón para desayunar algo (ni mucho ni poco, cada cual lo que cree le va a ir bien). Amaneció nublado pero sin lluvia. Un frío del carajo: 2 ○C a la hora de arrancar la carrera. Cumplimos los rituales: ropero, estiramientos, algo de calentamiento (los más jóvenes, que el resto ya tendríamos bastante calentamiento después), risas nerviosas...

Empezamos a correr a las 9 en punto. La hora de la verdad. Insensato de mí, me pegué desde el principio a un grupo mucho mejor que yo, grupo que me dejó tirado pasada la media maratón. En puntos estratégicos, algunos compañeros de la universidad se sumaron a la carrera para acompañarnos un trozo y nos hicieron más llevaderos esos últimos kilómetros donde no sientes las piernas si no fuera porque te duelen por todos los lados. El público de San Sebastián hizo emocionantes algunos tramos con sus ánimos, sus gritos de apoyo (¡Apa, Apa!). Y esa entrada al estadio de Anoeta, inmenso desde la pista de atletismo, donde te espera una meta que parecía inalcanzable.

Una vez parcialmente repuestos gracias al avituallamiento en la llegada y ducha, y las manos de unos hábiles fisioterapeutas que nos trabajaron las piernas, decidimos que no podíamos dejar San Sebastián sin un pequeño viacrucis por el casco viejo (creo que fueron ocho pintxos con sus correspondientes zuritos los que cayeron de forma consecutiva). Andando como auténticos lisiados nos movimos con toda la dignidad que pudimos entre varios establecimientos del lugar, para acabar en una pastelería donde nos regalamos unos chocolates y bollería variada. Empezó entonces una suave lluvia. Después, carretera y manta. Pensando ya en la próxima maratón.

Casi una década después (2017) volví a correr la Maratón de San Sebastián, y recordé con mucho cariño aquella edición del 2009. Con mejor entrenamiento y un día con menos frío, sufrí mucho menos que aquella primera vez. El recorrido ha sido modificado a mejor (esto es lo que se llama “cuidar” la carrera), y la organización también ha mejorado mucho. San Sebastián es un clásico en España. Bien organizada, con un recorrido bonito y unos donostiarras que siguen volcados en su maratón. Merece la pena.

Más relatos como éste en el libro El Puente de Verrazano donde se combina la pasión de correr con la de viajar.

SOBRE EL AUTOR

José Manuel Torralba
Catedrático de Ingeniería de Materiales en Universidad Carlos III de Madrid


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