Cuidado: no cruces esa línea... ¿o sí?

Por Chema Martínez Pastor para carreraspopulares.com - 14/04/2019

Y de repente un día pasó. Toño me había hablado de esa línea. Él decía que la había cruzado hace mucho tiempo, pero cuando le preguntaba si se arrepentía de ello o si había sido una buena idea me respondía con un indescifrable “no te lo puedo contar aún”.

Gracias a Toño empecé a correr. Gracias a él no me costó nada empezar. Tuvo la paciencia necesaria para venir hasta mi barrio para acompañarme en los primeros días. Al principio, solo eran cinco minutos. ¡Se cambiaba de ropa y se cruzaba media ciudad sólo para acompañarme cinco minutos! Pero es que yo no podía correr más. Yo aún no era runner.

No había cruzado la línea.

¡Yo ni sabía que había una línea, para empezar! A mí me había picado la curiosidad. Como a ti, como creo que a todos. Es difícil ver y escuchar a gente corriendo y no querer probar tú. Ya había probado el pilates, el senderismo y los bailes de salón. Sin éxito. Y sin cruzar ninguna línea. Fui, lo hice, repetí y nunca volví.

Yo sólo buscaba una actividad para aprovechar el tiempo. Sentir que, cada día, echo a la basura varias horas por no tener aficiones no me gusta. Así que me hice runner. Bueno, al principio sólo corría ¿Por la línea? Sí, por la línea.

Un día Toño me habló de ella. Puede que no le diera la importancia que tiene o es que él ya no se la ve. O puede que realmente no la tenga. Por eso, como quien comenta de pasada el último capítulo que ha visto de esa serie que dentro de un mes olvidará, me lo dijo.

“¿Sabes que llegará un día en el que cruces la línea y ya no querrás dejar de correr, verdad?” “¿Una línea? ¿Y dónde está esa línea?” Le respondí yo. Según me contó, no se puede saber, de repente la cruzas, sin verla. Pero cuando estés al otro lado serás runner para siempre. Es lo bueno de correr. Te engancha, te completa, te llena los huecos que tú quieras llenar. Cuando la cruces no querrás salir, pero ahora aún estás a tiempo. No sabía si creerle, pero en el fondo tampoco me parecía tan mala idea. Es verdad que, hasta ese momento, correr sólo me había dado estupendos momentos con Toño. Pero, de manera inevitable, cada paso que daba, miraba un poco más adelante a ver si encontraba la línea.

Pues la ví.

Un día tuve clarísimo que la tenía delante. Me entraron los miedos. Cuando alguien va a cruzar una puerta que se cerrará piensa en lo que deja atrás. Pensé en el sofá y en las tardes sin hacer nada. En los domingos en cama hasta las once. Pensé en mis desayunos hipercalóricos, en la fruta que siempre se quedaba en la cesta. Pensé en qué sentiría cruzando una línea de meta. En que dentro de cuatro o cinco meses estaría a punto para correr un “cincoca”, pero que en el fondo querría hacer un “diezca”. ¿Me daría tiempo a llegar a la Behobia? No, mejor esperar un año más. Pensé en Kipchoge y en cuándo conseguirá alguien bajar esos 100 segundos que nos separan de la barrera de las dos horas. Pensé en estiramientos dinámicos, en series cortas, en lactato, en el descalcismo. Pensé en lo feo que es recortar en las esquinas en las carreras y en los que se colocan muy delante en el cajón (¿por qué lo hacen, si luego van a ir más lentos?). Y entonces lo vi claro.

No estaba viendo la línea. La había cruzado ya.

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Chema Martínez Pastor
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