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Por qué un corredor acaba amando los números exactos

Por carreraspopulares.com


Cuando empecé a correr, nunca imaginé que acabaría tan pendiente de los números. Al principio me bastaba con salir a sumar kilómetros y volver a casa con esa mezcla de cansancio y satisfacción que cualquier corredor conoce. Después llegaron el ritmo medio, las pulsaciones y el desnivel. Hasta que un día descubrí que 42,195 kilómetros no eran solo una distancia y que el reto de hacer 10K en menos de 40 minutos podía convertirse en uno de mis principales objetivos.

No llegué a convertirme en un esclavo del cronómetro, pero sí aprendí a respetar lo que dicen los datos. Corriendo, las piernas pueden hacerme creer que voy volando y el crono demostrarme que no era para tanto. Esa costumbre de fiarme de lo que puedo comprobar, y no solo de la sensación que tengo, terminó acompañándome también cuando me quitaba las zapatillas.

La distancia que nunca me cuadró hasta que la investigué

Durante bastante tiempo me pregunté por qué el maratón ha de ser de 42 kilómetros y 195 metros exactamente. La cifra parece elegida casi al azar, pero procede de una carrera muy concreta: el maratón olímpico de Londres de 1908. El recorrido partía del Castillo de Windsor y terminaba frente al palco real del estadio de White City. Aquella carrera se fijó en una distancia de 26 millas y 385 yardas.

Sin embargo, los 42,195 kilómetros no se adoptaron como distancia oficial hasta 1921, trece años después. La historia de aquella prueba también dejó una lección difícil de olvidar. El corredor italiano Dorando Pietri entró primero en el estadio, completamente agotado, y cayó varias veces en los metros finales. Cruzó la meta antes que sus rivales, pero lo hizo después de recibir ayuda y por eso fue descalificado. Así que el triunfo correspondió al estadounidense Johnny Hayes.

En una carrera no basta con parecer el vencedor. Aunque Pietri llegó primero, fueron los jueces y el cumplimiento de las normas los que determinaron el resultado oficial.

Esa misma costumbre la aplico ahora fuera de correr

La descalificación de Pietri se me quedó grabada. No porque entrene cada día pensando en una carrera de hace más de un siglo, sino porque resume algo que el running me ha enseñado: una cifra solo resulta útil cuando sé qué representa y cómo se ha obtenido. Por convincente que parezca, si no puedo comprobarlo, no lo doy por bueno, ya sea en una marca personal o una decisión que afecte a mi dinero.

Así que de forma natural, trasladé ese criterio a decisiones que no tienen nada que ver con ponerme unas zapatillas de correr. Cuando decido jugar online, por ejemplo, no me basta con que una web tenga buen aspecto. Compruebo si se trata de un casino online con licencia de la DGOJ como Solcasino, porque esa autorización es un dato que puedo contrastar en el listado oficial del organismo regulador de España.

No es que los corredores desconfiemos por sistema, simplemente aprendemos que una buena impresión no siempre coincide con lo que marca el crono.

La barrera de los 40 minutos que tanto me costó

Bajar de los 40 minutos haciendo 10K se convirtió durante meses en mi obsesión particular. No quería terminar “más o menos cerca” ni conformarme con sentir que había corrido rápido. Tenía que ver que el crono marcaba menos de 39 minutos. Esa meta tan concreta cambió mi manera de entrenar.

Empecé a distinguir las salidas a ritmo suave de las sesiones de calidad, a controlar las recuperaciones y a revisar cada paso por kilómetro. Para correr por debajo de cuatro minutos el kilómetro no bastaba con salir fuerte y confiar en aguantar hasta la meta. Tenía que repartir el esfuerzo, aceptar los días lentos y repetir muchas veces ritmos que al principio parecían imposibles.

El día que lo logré entendí que la exactitud no le quita emoción a correr. En mi caso, le dio dirección. El número no hizo el trabajo por mí, pero me obligó a entrenar con intención.

Lo que descubrí cuando me molesté en comprobar la licencia

La Ley 13/2011 regula el juego de ámbito estatal en España, y la Dirección General de Ordenación del Juego (DGOJ) es el organismo encargado de regularlo, autorizarlo, supervisarlo y controlarlo: hasta que me puse a investigarlo, "tener licencia" me parecía una expresión bastante abstracta. También descubrí que la propia DGOJ publica un listado de operadores con licencia.

Lo que más me llamó la atención fue el Registro General de Interdicciones de Acceso al Juego, conocido como RGIAJ. Una persona puede inscribirse para impedir su acceso al juego online de ámbito estatal. Los operadores autorizados deben comprobar si la persona figura inscrita en ese registro e impedirle el acceso al juego si es así. No es un distintivo decorativo colocado al pie de una página, sino un mecanismo concreto de protección.

Lo interpreto igual que una marca personal: no me quedo con lo que alguien afirma haber corrido. Busco el resultado, el recorrido y las condiciones. Si una licencia puede verificarse en una fuente oficial, deja de ser una promesa y pasa a ser un hecho comprobable.

Las tablas de ritmo que llevo siempre encima

Todavía llevo mis tablas de ritmos en el móvil. Antes de una sesión calculo cuánto debo tardar en 300 o 400 metros, qué ritmo debo llevar en cada kilómetro y cuál sería el tiempo final si mantuviera esa velocidad. 

No significa que todos los entrenamientos deban ejecutarse al segundo. El viento, el calor, el desnivel y el cansancio también cuentan. Pero soy incapaz de confiar en que obtendré los resultados que quiero si no puedo entender sus números antes de empezar. Calcularlos me permite saber cómo estoy entrenando y detectar a tiempo cuándo el objetivo del día no es realista. La tabla no corre por mí, simplemente evita que confunda entusiasmo con un ritmo que realmente puedo mantener.


Lo que me enseñaron los grandes nombres del atletismo

Martín Fiz fue campeón de Europa en 1994 y del mundo en 1995, con una marca personal de 2:08:05 en Otsu en 1997 y seis maratones por debajo de 2:10: uno de los corredores españoles que me enseñaron a mirar más allá de una meta. Años después, se convirtió en el primer corredor que ganó en categoría M50 seis World Marathon Majors.

Abel Antón encadenó dos títulos mundiales de maratón: Atenas 1997, donde terminó por delante del propio Fiz, y Sevilla 1999. Chema Martínez, ganador de los 10.000 metros en la Universiada de 1999, firmó un tiempo de 2:08:09 en el maratón de Róterdam de 2003.

Detrás de esas marcas hubo talento, pero también años de kilómetros, entrenamientos exigentes, descanso y ritmos controlados. Ninguno llegó hasta allí guiándose únicamente por sus sensaciones. Persiguieron objetivos muy concretos y trabajaron durante años para alcanzarlos.

No todo necesita cifras, pero las que importan sí

He aprendido que medirlo todo puede resultar agotador. En algunos entrenamientos prefiero escuchar la respiración y decidir el recorrido sobre la marcha. No necesito convertir cada salida en un examen. A veces, el mejor entrenamiento es el que me devuelve las ganas de correr.

Pero eso no significa que todas las cifras den igual. La distancia de una prueba, un tiempo oficial o los ritmos de las series significan algo concreto. Cuando un número influye en mi objetivo, mi seguridad o una decisión económica, merece que me detenga a comprobarlo. Disfrutar de las sensaciones y exigir datos fiables no son cosas opuestas.

Sigo corriendo por sensación, pero decido por cifras

Hay días en los que me apetece correr sin más. Salgo, noto cómo responden las piernas y vuelvo a casa sin preocuparme por el ritmo medio. Esa libertad fue una de las cosas que me enganchó al running y no quiero perderla entre pantallas y estadísticas.

Pero, cuando algo importa de verdad, reaparece el corredor que aprendió a calcular ritmos y a desconfiar de los atajos. Quizá amar los números exactos no consista en vivir pendiente del reloj, sino en saber cuándo una cifra merece nuestra confianza. Corro muchas veces por sensaciones, pero procuro tomar las decisiones importantes con datos que pueda verificar.



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