Corriendo por los puertos míticos(XXXVI): Anapolis + Livaniana, Creta, Grecia

Por Jorge González de Matauco para carreraspopulares.com - 27/03/2018

Es ya noche cerrada y el taxi circula por una carretera muy deficiente que, por un lado, permite intuir decadencia y, por otro, es anuncio de bellas montañas y bahías. Después de un descenso lleno de curvas, el viaje finaliza en un puerto costero que parece estar muerto. Entro en la única taberna que permanece abierta y, después de leer la carta e intentar pedir un par de platos, el dueño me anuncia rudamente que solo tiene sardinas. Luego me dirijo al también único hotel en activo, después de que unos jóvenes llamen por teléfono al responsable anunciándole la llegada de un cliente. Se me ubica en una austera habitación donde, descubriré más tarde, no existe ni servicio de limpieza y es constante el ruido de las olas al romper junto al puerto, hasta el punto de dificultar el sueño. Por supuesto, soy el único huésped y acabo de llegar a Chora Sfakion, en la isla griega de Creta.

A simple vista, Creta, la mayor de las islas griegas, puede parecer un destino extraño para descubrir puertos míticos. Pero esa sería una apreciación errónea, por cuanto Creta, calificada a menudo como una isla-continente, cuenta con atributos suficientes para poder ser incluso un Estado independiente, entre ellos tres macizos montañosos que superan fácilmente los dos mil metros de altitud en sus cotas más altas. Aquí se criaron Zeus, el dios supremo de los griegos, y Minos, uno de sus descendientes más legendarios. Incluso hay quien mantiene que nuestro famoso Filípides, creador del mito del maratón, provenía de Creta, bautizada como la isla de los héroes. Quizás otros destinos nos han llevado a puertos míticos para otros deportes, pero en esta ocasión es la carrera quien eleva las cumbres de Creta a la consideración de míticas, no tanto por ese archiconocido Filípides, sino por otro personaje no tan recordado pero mucho más real que obedece al nombre de George Psychoundakis, también conocido por sus sobrenombres: el bufón o el corredor cretense.

Fue la lectura de un libro lo que me llevó a Creta. Nacidos para ser héroes, de Christopher McDougall, el mismo autor del best-seller Nacidos para correr. Inicialmente, el libro no me enganchó. Me resultó menos atractivo y de lectura más difícil que su anterior libro. Lo dejé abandonado a medio leer durante un montón de tiempo y solo volví a él cuando surgió la idea de un viaje a Creta. Y entonces lo vi con otros ojos. George Psychoundakis es un personaje secundario dentro de la trama, más centrada en las andanzas de algunos oficiales británicos, como Xan Fielding y Paddy Leigh Fermor, durante la Segunda Guerra Mundial en Creta, incluyendo el secuestro del general alemán Kreipe. Pero para mí el personaje más intrigante del libro es George Psychoundakis.

Según el libro, cuando los alemanes invadieron Creta, George pasó de la noche a la mañana de ser un criador de ovejas a convertirse en un Filípides moderno, un correo al servicio de la Resistencia en las montañas de la isla, capaz de sortear desafíos que amedrentarían a los modernos corredores de ultras: escalar cumbres nevadas con una mochila de treinta kilos a la espalda, correr ochenta kilómetros o más por la noche calzado con botas reparadas con alambres y alimentado a base de una dieta famélica de caracoles y heno hervido, viajar de una cueva a otra durante doce horas al día y escapar con astucia del acoso de los nazis. Seguir algunos de los pasos de este héroe, mensajero y corredor cretense por las montañas de Creta es el objetivo de mi viaje.

Para ello he elegido la localidad de Chora Sfakion como campo base de operaciones, una minúscula localidad costera de 250 habitantes en la que, como hemos visto, todo está cerrado porque está orientado al turista veraniego, y ahora estamos en diciembre, temporada baja o, como me gusta decir, temporada nula. No es fácil perderse en Chora Sfakion. Solo la cruza una carretera, con una dirección hacia Chania y la otra hacia Anópolis. Es esta última la que conduce a la ruta escogida.

Son las ocho y media de una mañana espléndida, ya con 19 grados de temperatura y solo he podido comer algo de pan, ya que todos los comercios siguen cerrados y el hotel no incluye el desayuno. Pero la belleza de la ascensión que voy a emprender hace que bien pronto me olvide del estómago medio vacío. Una subida cuya plato fuerte se inicia después de kilómetro y medio de haber dejado Chora Sfakion. Panorámica, con innumerables y vistosas curvas sobre los pedregosos secarrales del entorno y sobre las casitas blancas de la localidad de partida, con cabras que deambulan tranquilamente por todas partes y algunas piedras sobre la calzada fruto de los frecuentes desprendimientos. El ruido del mar, la costa y los bordes de espuma, siempre presentes. Y las montañas áridas y ocres, sin un solo árbol que entorpezca la espectacular visión de la costa. Para más gozo, apenas pasan coches, y los conductores de los pocos que lo hacen incluso saludan al corredor. ¡Qué diferencia con otras latitudes más estresadas! Además, la carretera es ancha, impropiamente ancha dado lo escaso del tráfico, y hay un pequeño arcén a ambos lados de la vía, donde se ubican capillas de bolsillo que contienen estampas y botellines con líquido. La ascensión termina a los diez kilómetros, junto a unas antenas, y coincide con la llegada al pueblo de Anópolis, un altiplano donde ya puedo correr con más soltura.

Anápolis está ubicado al pie de las Lefka Ori (Montañas Blancas), unos picos rocosos y desprovistos de vegetación que parecen brillar con el reflejo de la luz del sol. Es un pueblo lleno de perros ladradores y de anuncios de establecimientos que ofrecen comidas, bebidas y habitaciones en insípidos edificios blancos. Todo eso en temporada, porque obviamente ahora tampoco hay mucha vida en este lugar. Al menos sí encuentro un local abierto para tomar un refresco y voy viendo alguna anciana vestida de negro de arriba abajo o trabajadores que aporrean unos olivos para la recogida de los frutos. Continúo corriendo hasta alcanzar un cruce a la izquierda en dirección a Livaniana. Es esa la dirección que debo tomar, pero sigo trescientos metros por la carretera principal para ver el pueblo de Aradena y, sobre todo, la garganta del mismo nombre. Cruzo un puente de madera que chirría al paso del corredor (no quiero ni imaginar lo que será cuando lo atraviese algún vehículo) y allí mismo surge una imagen soberbia de la garganta y sus caminos, que se retuercen ladera arriba. La garganta de Aradena, como la de Samaria y la de Imbros, constituyen algunas de las rutas de trekking más grandiosas de Creta, pero nunca me ha gustado caminar emparedado entre rocas. Prefiero las alturas, así que regreso al cruce y tomo el camino de Livaniana. La carretera toma un aspecto casi fantasmagórico, flanqueado por pedregales a ambos lados y dejando a la espalda las cumbres más misteriosas de las Lefka Ori, decididamente blancas y majestuosas, aunque no tengan nieve. Me resulta difícil pensar que el resto de la ruta ofrezca parajes tan insólitos como este.

Pero me equivoco. Un kilómetro y medio después del cruce se cambia de vertiente y surge un paisaje lunar apoteósico (el Mont Ventoux sería una broma comparado con lo que estoy viendo). Un paisaje casi marciano, completamente marrón y con vistas imponentes sobre la línea costera y el puerto marítimo hacia donde me dirijo, prácticamente hundido en las profundidades. Que estas carreteras cretenses sean casi desconocidas y no entren en ninguna lista de las más bellas del mundo solo se explican por la ignorancia geográfica de quienes confeccionan este tipo de listados. Si en Anápolis pasaban cuatro coches mal contados, aquí ni uno solo. Todo el recorrido, a disposición exclusiva del corredor. En esta parte alta, por no haber, no hay ni cabras. De cara a esta maravilla voy descendiendo sin prisa. Se van alternando tramos asfaltados y de tierra y ya van apareciendo algunas cabras. Colgado de la ladera, como si se fuera a desparramar sobre el mar, el pueblo de Livaniana va tomando presencia. Algo más de un kilómetro después ya estoy al borde del mar, en el puerto de Finix, nunca mejor llamado porque parece el fin del mundo. No parece haber ningún signo de vida. En el patio del restaurante Old Phoenix, completamente cerrado, hay una caja de naranjas abierta. Cojo tres y, mientras busco el camino hacia Loutro, aparece un hombre, avisado por el ladrido de los perros. Le pregunto cuánto debo por las naranjas y responde que nada, que, por favor, coja más, divertido y extrañado cuando le comento todo el recorrido por el que estoy corriendo.

El camino hacia Loutro es un sendero costero de poco más de dos kilómetros. Loutro es uno de los lugares más emblemáticos de Creta, un puerto encantado de apariencia liliputiense, una miniatura con un diseño perfecto, una suerte de Shangri-la marítima. Y que nadie espere encontrar aquí una carretera. Pero Loutro está aún más vacío que Finix. Esperaba poder preguntar por el camino que me devolviera a Chora Sfakion de la manera más rápida posible, pero no encuentro ni un alma. El camino que sigo, y que creo es el correcto, es un sendero que asciende de forma inmisericorde por la montaña. Pronto está claro que me he equivocado y que no sé con certeza adónde me dirijo. Además, estoy agotado. En aquella fuerte subida sin rumbo conocido por unas montañas tan ásperas me siento un poco como aquellos mensajeros de la Resistencia cretense, como aquel George Psychoundakis que recorrió miles de kilómetros transportando armas, mensajes y material para la Resistencia. Después de padecer durante más de una hora y casi cuatro kilómetros de ascenso ininterrumpido, compruebo que estoy llegando de nuevo a Anápolis, lo que aprovecho para llenar el estómago con una especie de crepe llamada sfakian pie. Y vuelvo a la carretera para ahora descender hasta Hora Sfakion. El juego de luces y sombras de la puesta del sol otorga a estos paisajes aún mayor belleza que por la mañana. Estas carreteras tan panorámicas se disfrutan en su plenitud descendiendo, más que para ascendiendo. Al terminar la ruta ya son las cinco de la tarde y el contador marca 38,5 kilómetros.

CONTINUARÁ

SOBRE EL AUTOR

Jorge González de Matauco
Autor del libro “En busca de las carreras extremas“



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