Ziwa, tierra de campeones (III)

Por José Manuel Torralba para carreraspopulares.com - 13/04/2015
Una casa en Ziwa, Kenia
Una casa en Ziwa, Kenia

La obra solidaria del atleta keniano James Moiben

Capítulo III: Por fin llegamos a Ziwa


Ziwa es un pequeño poblado de Kenia que se encuentra a una altitud cercana a los 2.000 metros. Desde nuestro punto de vista, los afortunados y prepotentes habitantes del primer mundo, podríamos considerarlo como un claro ejemplo de lo que es el tercer mundo. Exceptuando algunas casas, en la mayoría de ellas no hay ni agua corriente ni electricidad. La gente vive en pequeñas parcelas, que en función de la riqueza (aquí es un poco eufemístico utilizar esta palabra) del propietario, pueden ser más o menos grandes. En las parcelas, en función de su tamaño, se plantan y cosechan distintas verduras y se cuida algún animal (desde gallinas hasta vacas).

Es una sociedad agrícola-ganadera, donde no todo el mundo posee ese privilegio de la tierra y tiene que trabajar para los demás. Hay alguna pequeña industria y artesanos, pero en una sociedad parada en el tiempo. Casi nadie posee ni coche, ni televisión. Algunos una moto, una radio, o una bicicleta. La configuración de vivienda típica es una estancia dividida en dos (comedor y dormitorio), de no más de 12 ó 14 metros cuadrados, construida con ladrillos de adobe. Una estancia exterior donde se ubica la cocina y almacén y una letrina, algo alejada de la estancia principal.

Los más afortunados tienen un pozo del que sacan el agua que necesitan, pero muchos tienen que acarrear cada día, desde largas distancias, bidones de agua para beber, cocinar, lavarse. También es corriente ver por los caminos niños y mujeres llevando sobre la cabeza grandes bidones de agua. Desgraciadamente, el principal medio por el que se transporta agua en el mundo son los niños y las mujeres.

Cada par de brazos son útiles para permitir a la familia salir adelante haciendo lo que sea, por lo que en el seno de muchas familias donde nunca nadie recibió educación, no se concibe mandar a los niños al colegio. No hace falta imaginar las condiciones higiénicas o sanitarias y alimenticias de la población de Ziwa. Además, muchos niños, incluyendo los más pequeños, tienen que andar, a veces, kilómetros para llegar al colegio por caminos de tierra por los que circulan todo tipo de semovientes (incluyendo las pocas motos que hay). A primera hora de la mañana (a las 7, al salir el sol) o a mediodía, o por la tarde, es corriente ver grupitos de niños, o niños solos de todas las edades, yendo de aquí para allá, con su uniforme, y a veces sus libros.

En muchas zonas de Kenia, niños y mujeres se encargan de llevar el agua sobre sus cabezas
En muchas zonas de Kenia, niños y mujeres se encargan de llevar el agua sobre sus cabezas

Corriendo al colegio

El mito del corredor keniata que se hace desde niño porque tiene que correr todos los días para ir al colegio, pude comprobarlo con mis propios ojos. Por eso muchos colegios, como el de James Moiben, opta por la opción de internado, que además permite acoger niños y niñas huérfanos.

En la Ziwa nocturna, no hay luces. Solo luna y estrellas muy brillantes (hacía años que no veía un cielo estrellado tan maravilloso, sin ninguna contaminación lumínica) y de vez en cuando las luces de alguna moto que se atreve a circular por esto caminos tan tenebrosos una vez cae el sol. Con esa óptica prepotente que nos caracteriza a los privilegiados habitantes del primer mundo, podría parecer que Ziwa está estancada en un periodo de la historia atemporal, difícil de definir.

Pero al contrario de la imagen gris y pesimista que ofrecen periodos de nuestra historia donde la penuria en una sociedad poco desarrollada se transmite a través de los rostros demacrados de sus habitantes, los pobladores de Ziwa ¡parecen felices!

No es difícil verles reir o sonreir, especialmente a los niños, a los que con mucha facilidad es sencillo arrancarles un estruendosa carcajada. En su aparente pobreza material, transmiten una dignidad en su actitud, su forma de vestir (siempre buscando la pulcritud), su cordialidad con el visitante, que algo nos chirría en nuestra cabeza.

Una tarde, paseando al anochecer un vecino se paró a saludarnos. Se bajó con parsimonia de su bicicleta y anduvo junto a nosotros unos metros. ¿Qué tal andan las cosas por España?, nos preguntó. Después de unos días desintoxicados de las permanentes y pertinaces noticias de la crisis económica, de pronto volvió a mi cabeza esa lejana crisis (no solo lejana en distancia física).

Mi primer impulso fue empezar a contarle “nuestra” crisis, pero pronto lo que sentí fue una enorme vergüenza. ¿Cómo podemos quejarnos de nada después de conocerles? Al poco llegamos a su casa. Enfrente hay una pequeña parcela con una casa tradicional de adobe y de ella sale corriendo un niño de poco más de dos años, a trompicones. Me recuerda a la forma de correr de Forrest Gump cuando tenía las prótesis. Se llama Moses y se acerca a nosotros con una gran sonrisa. Cuando llega a nuestro lado me doy cuenta que también lleva unas prótesis. Una pareja de Guadalajara (amigos que prefiero no desvelar para preservar su intimidad) consiguieron para Moses una silla de ruedas, mientras de su bolsillo le pagaron la operación que hoy le permite correr de esa manera. Le han dado a Moses un futuro en una tierra tan hostil. Son este tipo de cosas las que me reconcilian con nuestro mundo.

Es en esta Ziwa donde James Moiben decidió invertir su futuro en la creación de un colegio de enseñanza primaria y secundaria.


Lee el segundo capítulo [ aquí ]

SOBRE EL AUTOR

José Manuel Torralba
Catedrático de Ingeniería de Materiales en Universidad Carlos III de Madrid



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