Corriendo por los Puertos Míticos(XXVI): Abetone, Italia

Por Jorge González de Matauco para carreraspopulares.com - 29/08/2017

Puede que el Abetone sea desconocido fuera de las fronteras italianas. Quizás no sea el puerto más famoso de los Apeninos, un macizo montañoso que recorre Italia de norte a sur y donde se ubican colosos como el Blockhaus, el Terminillo o el Gran Sasso. Pero ello no significa que el Abetone carezca de una rica historia y de una gran tradición en pruebas deportivas. Al contrario. Podemos remontarnos en la historia hasta los tiempos de las guerras púnicas. Aníbal, el célebre general cartaginés, cruzó los Apeninos por el Abetone en su viaje hacia Roma, elefantes incluidos. Además, en el Abetone comenzó la leyenda de Fausto Coppi, cuando en el Giro de Italia de 1940 demarró en sus rampas siendo un absoluto desconocido. Por si fuera poco, se narra que durante la construcción de la carretera, iniciada el 28 de abril de 1766 para conectar las regiones italianas de la Toscana y la Emilia-Romagna, fue abatido un abeto de tal tamaño que no bastaban los brazos de seis hombres fornidos para abrazarlo. Un árbol semejante no se había visto nunca en el lugar, y sirvió para dar nombre al puerto (Abetone, abetón). También se cuenta que fue durante una estancia en el Abetone, en 1903, cuando el músico Giacomo Puccini se inspiró para componer su famosa ópera Madame Butterfly. ¿Alguien quiere más? Pues sí, todavía hay más historias, y son las que más nos interesan. Porque desde 1976 el Abetone es el escenario de uno de los ultramaratones más clásicos de Italia, la Pistoia-Abetone, con sus 50 kilómetros de recorrido atípico, un rompepiernas lleno de subidas y bajadas que comienza en Pistoia, a 65 metros de altitud y finaliza en el Abetone, a 1.338 metros. Así que, en lo que se refiere a carreras a pie por asfalto, el Abetone es, sin duda, el puerto más mítico de los Apeninos.

En 1976 la idea de que un atleta popular corriera un maratón parecía una locura, no digamos ya un ultramaratón de 50 kilómetros. En la cabeza de los organizadores de la primera edición de la Pistoia-Abetone rondaba la idea, el temor, de que ni uno solo de los participantes consiguiera llegar a la meta. Al final, la escabechina no fue para tanto y 251 corredores (de los 450 concurrentes) terminaron la prueba. Han pasado más de cuarenta años y, pese a ello, creo que ninguno de los inscritos a una prueba como esta tiene la absoluta certeza de que va a finalizarla. Al menos, y por lo que a mí respecta, cumplidos ya los cincuenta, con la llegada de diferentes lesiones y achaques, la drástica reducción de kilómetros en los entrenamientos y los cada vez más habituales problemas musculares, no se puede estar seguro ni de concluir una carrera menor, por lo que en una de semejante envergadura se impone perfilar una táctica previa que permita cumplir el objetivo. Porque, rememorando la subida al Veleta, una subida similar en distancia y perfil, aunque con mucha mayor altitud, a partir del kilómetro 30 fui pasto de los calambres y no pude correr un metro más, terminando arrastrándome más por fuerza de voluntad que por otra cosa. Así que el plan está más que claro: partir con gran prudencia, caminar durante las primeras subidas, regular en el llano y las bajadas, y guardar fuerzas y músculos para los últimos 17 kilómetros de ascensión al Abetone. Todo con el fin de evitar los tan temidos calambres.

Pistoia, 25 de junio, 7.30 de la mañana. Las guías de viaje dicen que Pistoia es una ciudad artísticamente irrelevante. Si se carece de mucho tiempo, recomiendan incluso evitarla y dedicarse a una visita más intensa de ciudades cercanas como Lucca o Florencia. Pero el caso es que cualquier ciudad italiana, incluida Pistoia, está más que sobrada de arte, y es difícil no quedarse embelesado en lugares como la plaza del Duomo, donde se concentran los atletas para entregar las bolsas que se recogerán en meta, o la vía Cavour, donde

comenzará la prueba. La ola de calor que se extiende por el sur de Europa también ha llegado hasta aquí, y a las 7.30 la temperatura ya alcanza los 25 grados. Por fortuna, el cielo está nublado, así que el sol no añade aún más calor, al menos de momento.

Con puntualidad se lanza la carrera y una marabunta de más de 1.100 atletas toma las calles de Pistoia. No todos van a correr el ultramaratón; hay una opción de 30 kilómetros para los más prudentes. Más prudentes, sí, porque la propia organización, no sé con qué fin, califica su carrera de “terrible, más larga que un maratón y más dura que una clásica de 100 kilómetros”. Los cinco primeros kilómetros por las calles de Pistoia son los más planos que nos vamos a encontrar, y no son planos del todo porque las piernas ya notan la ligera tendencia ascendente. Luego, al llegar al límite de la ciudad, un puente marca un cambio de rumbo y comienza la primera de las subidas largas: 9 kilómetros de ascensión, con pendiente media del 7% y picos del 10%, que finalizan en el pueblo de Le Piastre. Como está previsto, me pongo a caminar en cuanto llega la primera de las cuestas. Y no soy el único en emplear esa táctica. Muchos a mi alrededor entienden que empeñarse en correr en esas cuestas con todo lo que queda sería malgastar fuerzas y castigar en exceso a los músculos. El tiempo máximo que se concede para terminar la carrera es de 9 horas, así que, incluso caminando en las subidas, los cálculos salen. La ascensión es bastante abierta, sin muchos tramos de bosque, y se atraviesan varios pueblos sin mucho interés, salvo algún típico campanario. Alcanzada la cima, seis kilómetros en ligero descenso, pero con una densidad de tráfico muy elevada y, consecuentemente, muy peligrosa, permiten correr y recuperar tiempo.

Pero la localidad de Pontepetri (km. 20) es un nuevo punto de inflexión porque llegan nuevas subidas, incluso con algún tramo de tierra, Por fortuna, la ascensión no es tan larga ni tan dura como la anterior, aunque las piernas ya comienzan a quejarse antes de afrontar un empinado descenso hasta San Marcello Pistoiese (km. 30), un agradable y coqueto pueblo toscano. Es una bajada que no me gusta, ya siento los músculos cargados, así que prefiero descender caminando las partes más pronunciadas y me adelantan atletas con los que había coincidido antes. El problema de ir en el furgón de cola es que algunos puestos de avituallamiento presentan un estado de poco menos que haber sido asaltados, apenas quedan alimentos. A veces me pregunto si en este tipo de carreras los últimos pagan menos que los primeros. Pero, pese a estos pequeños contratiempos, el control de seis horas en el kilómetro 30 ha sido superado. Las primeras dificultades han quedado atrás.

El descenso continúa durante tres kilómetros más, pero vuelve una de las pesadillas de algunos tramos de esta carrera, que es un tráfico pesado de vehículos que pasan rozando al corredor, con presencia de motos que circulan a gran velocidad. Por fin, una aldea encajonada en un hoyo llamada La Lima (km. 33) marca el punto de inicio de la escalada final: casi 1.000 metros de altitud a superar en 17 kilómetros. Los primeros cinco kilómetros del Abetone son de pendientes suaves, por lo que intento correr el mayor tiempo posible. Pronto desisto, compruebo que puedo caminar muy rápidamente, avanzo casi lo mismo y las piernas sufren mucho menos. Más aún cuando se acerca la parte más complicada de la ascensión, los nueve kilómetros centrales del Abetone (km. 38-47). También es una de las partes más bellas del recorrido. Surgen pueblos colgados de las montañas y sumergidos en unos espectaculares y frondosos bosques, y aparecen tornanti (curvas de herradura) que agigantan las panorámicas. Particularmente duro y vistoso el paso por el hermoso pueblo de Pianosinatico. El entorno ayuda a progresar sin desfallecer, y simplemente caminando lo más deprisa posible, voy recuperando decenas de puestos, adelantando a atletas que solo pueden andar de manera mucho más lenta. En la parte final, unos descomunales bosques de abetos parecen tragarse la carretera. Es la última visión

antes de llegar a Le Regine, la localidad que precede a la ansiada llegada, al lado de dos pirámides de piedra que son el símbolo del Abetone. He conseguido mi objetivo de haber concluido dentro del tiempo permitido (me ha sobrado más de una hora) y sin ningún tipo de calambres. Aunque después de hacer cálculos he de reconocer que, para vencer a este gigante, he corrido solo durante 20 kilómetros, el resto los he realizado caminando a buen paso. El calor tampoco ha sido un problema; durante todo el recorrido se ha estado oscilando entre 20 y 25 grados, dejando atrás los temores de soportar temperaturas extremas. Definitivamente, las peores sensaciones en esta hermosa carrera han sido causadas por esos coches y motos que uno sentía cómo le pasaban rozando, por fortuna solo en algunos tramos.

Aunque hay autobuses programados para devolver a los atletas a Pistoia, paso un día más en el Abetone, saboreando el objetivo cumplido y paseando por esos bosques milenarios absolutamente mágicos, impenetrables y silenciosos que son el sello de este rincón de los Apeninos. Una formidable recompensa después de una dura carrera de 50 kilómetros.

SOBRE EL AUTOR

Jorge González de Matauco
Autor del libro “En busca de las carreras extremas“



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