Mis ojos, sus piernas: ¿cómo es guiar a un corredor invidente?
Por carreraspopulares.com

A veces, en el marasmo de una carrera urbana, os encontráis dos corredores que avanzan muy juntos acompasando sus pasos, sus movimientos, unidas sus manos por una discreta cuerda. Y si la carrera es de montaña os puede sorprender un curioso tándem de tres corredores aferrados a una barra subiendo y bajando cuestas o tropezando con ramas y piedras como cualquiera de vosotros. Son (somos) un extraño conjunto donde el corredor no tiene un aliento ni un par de piernas ni un corazón, sino dos o tres. Somos los corredores invidentes y sus guías.
No puedo hablar de lo que siente mi compañero de cuerda o de barra, la visión que un ciego tiene. Sí, digo bien: visión, sobre el asfalto que pisa o la senda por la que me acompaña, es algo que solo ellos pueden sentir y explicar. Sin embargo mi mirada como guía es estresante, agobiante a ratos, desdoblada en personalidad, y sobre todo tremendamente gratificante y satisfactoria como pocas. Olvidamos que corremos, que dejamos a nuestro cuerpo desfogarse siguiendo nuestros anhelos y fuerzas, que avanzamos y regulamos según una estrategia o una intuición que nuestra mente va elaborando al ritmo de los kilómetros. Olvidamos todo eso. Estoy unido por una cuerda a mis amigos Manolo, Oscar, o a cualquier otr@ que tiene el inmenso valor de ponerse en mis manos y en mi cabeza. Y él o ella (Carmen, Ana Lucía... hay muchas compañeras corredoras) va a correr con mis ojos, con sus piernas, confiando de una forma absoluta en lo que yo vaya haciendo, mientras yo intento ser dos corredores a la vez, apenas desincronizados por milésimas de segundo.
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Mis ojos ven, y mi voz intenta describir, crear un paisaje sonoro que permite a mi compañero mal que bien imaginar dónde van cayendo sus pies. A la vez mis manos, unidas a la cuerda o a la barra, van moviéndose y creando un imperceptible recorrido que de forma automática mi amigo hace suyo. Y así giramos, evitamos un bache, vadeamos un arroyo o bordeamos un charco, adelantamos a un grupo, levantamos los pies para no tropezar con piedras o raíces en el suelo, navegamos en suma entre otros corredores, bolardos, árboles, rocas, a un ritmo de toma de decisiones a veces endiabladamente rápido, de comunicación y respuesta inmediata, de intuición común.
Aunque quizás lo más difícil no sea esto sino el compás, eso que los puristas llaman ritmo. En nuestro caso no es algo innato, regulado, o premeditado; yo no corro como correría si lo hiciese solo, mis piernas son “propiedad” de mi compañero, quien a su vez avanza según sus fuerzas con una estrategia que voy creando y verbalizando sobre la marcha. Un lío, en suma. Lo más duro y a la vez lo más bello de correr juntos: con mis ojos y mi voz, con su impulso y sus piernas regidas por su cabeza y conectadas a la mía. No podemos fallar ninguno, y no lo hacemos. Nos regulamos, tiramos uno del otro, frenamos o aceleramos, confiamos ambos como si fuéramos la misma persona, y sobre todo como si fuéramos uno de vosotros. Y no lo hacemos mal: con Manolo hemos rondado los 40 en un diez mil, con Oscar acabamos el Peñalara Trail 60 en poco más de 12 horas. Ni los primeros ni los últimos, igual que cualquiera de vosotros, a vuestro lado, con las mismas alegrías, penurias y reglas.
Si pudiera pediros algo, compañeros, es que en la próxima carrera que os crucéis con nosotros, sea asfalto o montaña, si vais a adelantarnos o si nos vais a dejar pasar, seáis comprensivos con nuestro cuerpo, que no es exactamente como el vuestro, es el doble y a veces sin querer podemos tropezar. Y si lleváis cascos y os empujamos ligeramente por favor no nos lo tengáis en cuenta. Nuestra herramienta, aparte de las piernas, es nuestra voz y a veces necesitamos ser oídos en el fragor de la carrera.
Gerardo Sánchez es un corredor popular, habitualmente guía de corredores invidentes tanto en carreras de asfalto como en carreras de trail y ultradistancia.
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