Corriendo por los puertos míticos (II): El Veleta

Por Jorge González de Matauco para carreraspopulares.com - 04/09/2014
Uno de los tramos de la exigente Subida Internacional al Veleta
Uno de los tramos de la exigente Subida Internacional al Veleta

Se puede afirmar sin temor a equivocarse que la Subida Internacional al Veleta, organizada por el Club de Atletismo Maracena, es una de las grandes clásicas del calendario español de carreras populares. Si además pensamos que Enrique Carmona, el alma máter de la organización, suple con entrega y esfuerzo la modestia de medios, y contesta personalmente a cada uno de los correos electrónicos que le llegan con dudas y preguntas de los participantes, hay que concluir que estamos ante una carrera que merece la pena conocer.

Por si todo lo anterior fuera poco, cabe recordar que en los ochenta la prueba fue reconocida como la más dura del mundo, por sus 50 kilómetros de distancia y sus 2.600 metros de desnivel positivo, unidos a la altitud final. Aunque hoy en día, inmersos como estamos en la moda de las carreras imposibles, tal calificativo ha perdido su razón de ser, lo que nadie podrá quitar a la Subida Internacional al Veleta es un recorrido que discurre por la carretera asfaltada más alta de Europa, culminando en el Pico Veleta, a 3.390 metros de altitud.

Una subida que, a diferencia de la mayoría de los puertos legendarios europeos, no es campo abonado para el ciclismo profesional, temeroso de las consecuencias que puede causar un esfuerzo agonístico a semejante altitud, y por ello debe mucho más su prestigio a esta carrera pedestre que ya ha alcanzado plena madurez. Y también es un buen momento para recordar al ingeniero Juan José Santa Cruz, que fue quien realizó el primer proyecto del trazado de la carretera al Veleta, inaugurada oficialmente el 15 de septiembre de 1935.

Corredores durante la prueba en la reciente edición
Corredores durante la prueba en la reciente edición

Desde Granada

La salida hacia ese techo de la red de carreteras europeas se realiza desde el Paseo de la Bomba, en el mismo corazón de la ciudad de Granada. Por fortuna, la 30ª edición de la carrera goza de un tiempo ideal, fresco y soleado. A las siete de la mañana, hora de partida, la temperatura ronda los 18 grados, para alivio de muchos participantes que recordaban otras ediciones en las que el calor de principios de agosto derretía el asfalto casi desde el inicio. Un par de vueltas al Paseo de la Bomba y el pelotón de más de 500 corredores comienza a disgregarse en busca de los cincuenta kilómetros que concluirán mucho más cerca del cielo.

Los primeros diez kilómetros no presentan mayor interés que el de contemplar cómo, a medida que la claridad se acentúa, la ciudad se va desperezando y mezcla a los más madrugadores con algunos rezagados de la noche. Es a partir de la localidad de Pinos Genil cuando las cuestas imponen su presencia y avisan a los corredores de lo que les espera. Se trata de una subida muy uniforme, con pendientes entre el 5 y el 8% por una carretera muy ancha y con vistas hacia el valle y el río Genil. Son momentos en los que ni la dificultad ni el esfuerzo ni el esplendor del paisaje han llegado a su cénit, sino que más bien solo se trata de un pequeño aperitivo. Hay aún fuerzas y ganas para bromear con los compañeros, entre los que destacan algunos que corren con chanclas, una consecuencia de otra moda que se va imponiendo: la de correr descalzo.

Quien más quien menos puede mantener un ritmo adecuado de carrera, sin necesidad de recurrir a caminar, hasta que un cruce a la izquierda, justo en la mitad del recorrido, nos adentra en la carretera vieja de Sierra Nevada, hacia el paraje conocido como El Dornajo. Aquí la dificultad se acrecienta, surge una serie de curvas de herradura al mismo tiempo que el recorrido aparece flanqueado por deliciosos bosques de pinos.

Siete kilómetros más adelante, en las inmediaciones del collado de las Sabinas, ya a más de 2.100 metros de altitud y con panorámicas de pueblos blancos y parajes azulados y marrones, nos espera un magnífico avituallamiento, bien dotado para reponer fuerzas y resistir los kilómetros que faltan y el incremento de la altitud. Dejando a la derecha la estación de esquí de Pradollano, uno trata de forzar el paso con la vista ya puesta en la cumbre del Veleta, claramente visible y engañosamente cercana. Animarse demasiado ante esa falsa cercanía de la meta es un error que pueden cometer quienes no hayan estudiado el recorrido o desconozcan los kilómetros que todavía faltan. En mi caso no hay tal peligro.

Los calambres me acechan y he debido pasar del modo carrera al modo camino, al igual que muchos otros participantes, mientras la carretera sigue su imparable ascensión con pendientes moderadas pero continuas, hasta situarnos en uno de los puntos clave del recorrido: la Hoya de la Mora (km 38) , identificable por la silueta del Refugio Militar, donde, pasando una barrera, comenzará el tramo final de la carrera.

El autor del artículo, Jorge González de Matauco, durante la carrera
El autor del artículo, Jorge González de Matauco, durante la carrera

Los últimos kilómetros

En un acceso áspero y efectista, la ruta gana más altitud adentrándose en unos inhóspitos paisajes de aspecto lunar y desolado, dejando a la espalda las memorables vistas hacia Pradollano, la Hoya de la Mora y un antiguo observatorio. Es el punto más espectacular del recorrido. La carretera, en buen estado salvo en algún pequeño tramo, se estira en estas cuestas renegridas acercándose muy lentamente hacia el Veleta. Debido a mi agotamiento, cometo el error de ir preguntando a caminantes y ciclistas cuánto resta para la meta. Algunos me engañan y otros no tanto, encontrándome el descorazonador resultado de que por más que avanzo siempre me dicen que faltan cuatro kilómetros.

Resignado y más ralentizado si cabe por unas fuertes ráfagas de viento causantes de que la sensación térmica sea de frío, contemplo las siluetas del Mulhacén (3.479 metros), el pico más alto de la Península Ibérica, y su compañero Alcazaba, y luego una pintoresca laguna de origen glaciar, hasta que al fin un corredor que desciende me asegura varias veces que estoy en el último kilómetro. En la meta, en un entorno pedregoso, los voluntarios se encargan de comprobar que todos los corredores se hallan en un estado aceptable, pese a la reducción de oxígeno que marca la altitud.

Miro mi tiempo de más de siete horas y aprecio más aún el mérito de Miguel Angel Jiménez Parejo, recordman de la prueba desde 2013, con 3 horas 50 minutos 43 segundos.
Junto a la satisfacción por haber podido superar esta tremenda carrera coronando uno de los gigantes de Sierra Nevada, surge otra recompensa que no es en absoluto menor. Y es que todo finisher recibe una magnífica estatuilla donde se dibujan en relieve la Alhambra, el Pico Veleta y un croquis del recorrido. Un regalo que sería digno para todo un vencedor de la prueba.


Más información: [ www.subidaveleta.com ]

Jorge González de Matauco es autor del libro En busca de las carreras extremas.

SOBRE EL AUTOR

Jorge González de Matauco
Aventurero



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